David: una vida llena de ilusiones 

Niños jugando en la Aldea SOS
Niños jugando en la Aldea SOS
Estábamos tumbados en el sofá viendo un vídeo en la tele. No recuerdo el título, pero sí recuerdo perfectamente que lo habíamos puesto para ver si David se calmaba un poco y dejaba tranquilos a sus hermanos. Estos últimos días, después de la visita de su madre, tenía los nervios a flor de piel.

Con una vida entera en la Aldea Infantil SOS, a la que había llegado con solo tres años, y el agravante de doce años recién cumplidos, a David le venía demasiado grande la vida, su vida. El mundo estaba en su contra. Evidente ¿no? Los Servicios Sociales lo había llevado a la Aldea hacía mucho, pero él todavía no entendía por qué. Se lo habíamos explicado muchas veces, pero él todavía lo entendía. Hoy ya es un hombre, pero todavía no entiende por qué.

Era muy difícil ver la película con David incordiando constantemente. Hablando en voz alta, molestando a sus hermanos de la Aldea… en general, haciendo lo imposible para llamar la atención. El inicio del llanto de su hermano fue la gota que colmó mi vaso y, cogiéndolo en brazos (tenía 12 años, pero no ocupaba mucho) me lo lleve a la cocina para que los demás pudieran seguir viendo la película y él y yo pudiéramos hablar tranquilamente.

¡Déjame! ¡no tienes derecho a tratarme así! ¡Tú no eres mi padre! Estas y otras lindezas me dirigía mientras yo lo sentaba en la encimera de la cocina. Le dejé desahogarse un rato, sin soltarlo del todo, y su enfado fue pasando de ser contra el mundo, a ser contra él mismo y su familia, con calificativos que no puedo repetir sin sonrojarme.

Tenía que hacer algo. David lo estaba pasando muy mal y cada vez estaba más nervioso.

¡Todo lo que dices es cierto! Le dije sujetándole la cabeza para que me mirara. No es justo. La vida ha sido mala contigo. Todos los niños tienen más suerte que tú… y ésta es tu vida. ¿Y ahora qué? No podemos borrar todo eso. Estas aquí y ésta es tu historia. No podemos borrarla. Siempre te acompañará. Sólo tienes dos opciones. O la aceptas y aprendemos a vivir con esa historia, o tu vida tiene que terminar ahora.

David me miró con ojos como platos, sin dar crédito a lo que estaba oyendo y abrazándose a mí, rompió a llorar. Entre lágrimas me dijo que no entendía por qué su madre le había abandonado así. No puedo responderte a eso, le dije, pero te prometo que, el día que seas mayor de edad, te acompañaré donde esté ella y se lo preguntarás tu mismo.

Muchos años después, me reconoció que aquel fue el momento en que se dio cuenta de que esa era su vida, y tenía que asumirla como tal.

A mí me tocó cumplir mi promesa y, cuando tenía 20 años. le acompañé a ver a su madre a otro país europeo.

Pero esa es otra historia que algún día contaremos. Mientras tanto David sigue su vida y no le va mal. Es un joven más con ilusiones y esperanzas. El ya es un hombre, y aunque todavía no entiende por qué, respeta y perdona. Y es feliz.

Paco López, autor de este artículo, es Responsable de Relaciones Externas para Aldeas Infantiles SOS de España.