"El valor de seguir mi camino" 

La historia de Monika Lienhart, que creció en la primera Aldea Infantil SOS del mundo 

Monika Lienhart tenía 9 años cuando llegó a la Aldea Infantil SOS Imst, en Austria. "Aún recuerdo como si fuera ayer el día en que mis tres hermanas y yo llegamos a la Aldea. Era el 6 de febrero de 1958."

Muchas cosas eran nuevas para las cuatro chicas: las empinadas montañas, el incomprensible dialecto, la casa de estilo tirolés: "Y, además, estaba esa mujer", recuerda Monika Lienhart. "Yo llevaba mucho tiempo sin decir la palabra 'mamá'." Pero recordaba muy bien a su madre, su rostro, el sonido de su voz… Su madre había fallecido seis meses antes, y el padre las había abandonado mucho tiempo atrás. Las cuatro hermanas vivieron solas durante seis meses, superando como podían el día al día, hasta que una monja de la iglesia evangélica gestionó su admisión en la Aldea Infantil SOS. La hermana mayor tenía entonces 15 años, demasiado mayor para ser acogida en Aldeas.

La despedida fue dolorosa. "Para nosotras fue difícil pero mi hermana mayor se tuvo que quedar sola, fue la que peor lo pasó", dice Monika. En aquellos tiempos se esperaba de una joven de su edad que comenzara a trabajar para ganar dinero. Encontró trabajo en una casa del municipio de la que eran originarias, a 400 km de la Aldea Infantil SOS. No obstante, las hermanas siguieron en contacto.

Monika con su familia de la Aldea Infantil SOS
Monika (abajo derecha) con su familia de la Aldea Infantil SOS.  Foto: Archivos SOS.
Cuando Monika Lienhart llegó a Aldeas con sus hermanas, en su familia SOS ya vivían cinco niños. A pesar del miedo a lo desconocido resultó una experiencia emocionante: cada niño tenía su propia cama -en su casa habían tenido que compartir dos camas para tres- y había muchos niños, mucho alboroto… y una madre SOS que se ocupaba de todo. Después de muchos meses en los que Monika nunca se había dirigido a su madre SOS llamándola como "tú", sino con cualquier otra fórmula, de repente un día le salió de manera natural la palabra "mamá".

La relación con su madre SOS pasó por muchos altibajos. Todavía hoy, tomando su habitual café del sábado, a ambas se les saltan las lágrimas al recordar juntas el pasado. Dos personas con sus historias, sus anhelos y su incredulidad, sus puntos fuertes y sus miedos se han ido poniendo de acuerdo con el transcurso de los años, han abordado todos los temas y han dicho lo que tenían que decir. "Hoy ella es como mi tabla de salvación, no me puedo imaginar la vida sin ella. Es mi hogar, la abuela de mis hijos".

En casa: en la Aldea Infantil SOS

El "cuarto de estar".La vida familiar en el "cuarto de estar".  Foto: Archivos SOS.La vida en familia, explica Monika Lienhart, se desarrollaba sobre todo en el "cuarto de estar", donde había una mesa grande, un banco esquinero y un armario con un cajón para cada niño. En el cuarto de estar se sentaba la familia al completo, era donde se jugaba, hablaba y discutía. Allí los niños hacíamos los deberes y, los domingos, disfrutábamos de un lujo especial: escuchar todos juntos la radio. En aquel entonces todavía no había televisión, revistas, tebeos u ordenadores. Nuestro tiempo libre lo solíamos pasar fuera de la casa, en la Aldea Infantil SOS o en el bosque, con otros niños de la Aldea. Íbamos juntos a la escuela, en invierno pisábamos mucha nieve, sin botas, ya que en aquellos tiempos solo unos pocos se las podían permitir. "En la escuela todos los niños de la Aldea teníamos que quitarnos los leotardos de lana para tenderlos en la calefacción", recuerda Monika. La maestra conocía el largo camino que teníamos que recorrer hasta la escuela y sabía de las numerosas batallas de bolas y peleas en la nieve durante el trayecto.

A Monika le entristece todavía hoy que se les etiquetara como "los niños de la Aldea Infantil SOS": "Sé que no lo hacían con mala intención, pero sólo sirvió para acentuar aún más la brecha existente entre los niños de la localidad y los de la Aldea."

Y esa brecha era real. Según los niños de Imst, los niños de la Aldea Infantil SOS eran privilegiados: tenían juguetes y un campo de deportes en la propia Aldea, y, además, podían ir a campamentos de verano… lo que en los años 50 y 60 era más una excepción que la norma. "Pero, sin dudarlo ni un segundo, hubiéramos dado todo a cambio de recuperar a nuestra mamá y a nuestra familia", subraya Monika Lienhart.

También recuerda con nostalgia la época navideña y el adviento. El primer día de adviento se montaba el Belén en un ambiente especialmente festivo para los niños. Y los que habían sido buenos o habían hecho algo especial podían poner paja en el Belén y así preparar un lecho blando para el niño Jesús. Monika Lienhart todavía se acuerda de la tradición de la «búsqueda de posada»: "Cuando se hacía de noche, los vecinos venían con una imagen de la Virgen. Nosotros habíamos preparado un lugar cómodo donde depositarla y tomábamos té, comíamos galletas y conversábamos. Al día siguiente llevábamos la imagen de la Virgen a la siguiente casa. ¡Era maravilloso!"

Monika con su hermana menor, UrsulaMonika con su hermana menor, Ursula.  Foto: Archivos SOSMonika Lienhart era "la mayor" de la familia. Ella se ocupaba de preparar con su madre SOS los paquetitos de los regalos para los más pequeños y de ir a pasear con los niños para que se pudiera preparar el gran reparto de regalos. Cuando llegaba el momento el más pequeño era el primero en abrir su paquete, ante la atenta mirada de nueve pares de ojos. "Así, la alegría era compartida", explica Monika. A altas horas de la noche, los niños mayores y los adultos atravesaban con dificultad el bosque nevado para asistir a la Misa de Gallo en Imst. Se encontraban delante del gigantesco abeto del ayuntamiento y cantaban.

¡Una chica con formación!

Monika Lienhart era una buena estudiante, tenía facilidad para aprender y leía con pasión. "Una vez a la semana tomábamos libros prestados de la biblioteca. Yo siempre estaba allí una hora antes de que la abrieran." No obstante, ella quería ser peluquera. El entonces director de la Aldea la convenció finalmente para seguir asistiendo a la escuela: "Me presenté y, por supuesto, aprobé, pero para mí pensaba: "Ahora me comportaré mal para que me echen." Y casi lo consiguió, hasta que el director habló con ella seriamente para hacerle ver que era un privilegio que una chica pudiera asistir a una escuela secundaria. "Estas palabras me hicieron reaccionar y decidí que quería continuar en la escuela. Sobre todo por las otras madres, que siempre decían: "pero si es una chica, ¿qué necesidad tiene de ir a la escuela?" Nuestra madre SOS siempre nos defendió, estaba orgullosa de nosotras, y había llegado el momento de resarcirla".

Ya en Secundaria, Monika tenía claro que quería ser enfermera. Las discusiones comenzaron de nuevo: en la Aldea Infantil SOS pensaban que la escuela de Enfermería de la cercana localidad de Zams era la mejor solución, pero Monika quería ir a Innsbruck, y no desistió de su idea. Cuando en 1966 abrió sus puertas la residencia femenina SOS, fue una de las cuatro primeras en instalarse allí. Las cuatro llegaron a Innsbruck en tren, emocionadas e ilusionadas por la "gran ciudad". Les costó tres horas llegar desde la estación de trenes a la residencia, el camino era corto pero había mucho que ver y admirar. Monika recuerda perfectamente la bienvenida, algo que a todas les cayó como un jarro de agua fría. Les dijeron: "Habréis traído un delantal en la maleta, ¿no? Bueno, pues ahora lo sacáis y empezáis a limpiar la casa."

Monika con su marido, Alfred LienhartMonika con su marido, Alfred Lienhart.  Foto: M. LienhartA pesar de todo, Monika Lienhart considera esa época como el principio de su edad adulta. "Nos trataban como a jovencitas. Estábamos menos controladas y también desarrollamos nuestra autoestima". Monika siguió su camino y aprendió la profesión de sus sueños, que ejerció durante muchos años. Hoy tiene 60 años, está casada y tiene dos hijas. Hace poco se jubiló y disfruta de su vida como abuela y los viajes con su esposo. Ve de vez en cuando a sus hermanos, tanto de la Aldea Infantil SOS como los biológicos, al menos con ocasión de eventos familiares.

En la actualidad, cuando visita la Aldea de Imst, observa las diferencias que se van operando con respecto a antaño. "Los tiempos han cambiado" -opina- "Hoy en día los niños poseen más cosas materiales y, sin duda, las chicas lo tienen más fácil. En mis tiempos se sobreentendía que sólo los chicos podían cursar estudios superiores, o asistir a la universidad, sencillamente así era la realidad; lo que no se puede comparar con el apoyo con el que cuentan actualmente las chicas."

También le parece positivo que la Aldea Infantil SOS sea más abierta, que haya más contacto con la población de las inmediaciones y que las madres SOS se ocupen de fomentar su vida social fuera. Pero también ve la otra cara de la moneda: los antecedentes de los niños son completamente diferentes a los de los niños de su generación y se ven afrentados con la violencia y el abuso mucho más a menudo.

Seguir adelante a pesar de todo

Naturalmente, las madres SOS de antaño tampoco lo tenían fácil, y Monika es consciente de ello: "¡Claro que a veces la situación les superaba, sobre todo por la escasa formación que tenían entonces!" Después de sólo dos meses tenían que ocuparse de una casa con nueve niños, algo así como: "Ahora usted es la mamá de estos niños". "Seguro que no era nada fácil. Hay que tener una fortaleza especial". Monika Lienhart se acuerda de algunas situaciones desesperadas: "Llegó un momento en que nuestra madre SOS decidió irse. Lloramos y suplicamos, prometiéndole todo para que se quedara. Y lo hizo. Siguió con nosotros."

A Monika también le sorprende el rumbo que ha ido tomando su vida. A veces, cuando come chocolate le viene a la memoria un episodio de su infancia, del tiempo en el que las cinco hermanas vivían solas. "Alguien nos había dado chocolate. Nos sentamos a la mesa, repartimos la pequeña tableta de chocolate y la comimos con cuchillo y tenedor. Por eso, cuando como un trozo de chocolate no puedo más que pensar en lo bien que estoy ahora. En ocasiones la vida me sorprende. Nunca hubiera pensado, por ejemplo, que algún día viajaría a América o a Canadá, o que haría un crucero; ni que iba a tener tanta suerte y el valor de seguir mi camino".