"Nosotros somos la suma de esas pequeñas cosas que nos enseñan las madres." 

Alfredo, de 29 años, llegó a la Aldea Infantil SOS de Zaragoza en 1992 con sus tres hermanos. Es diplomado en Turismo y trabaja en un hotel de Zaragoza. Acaba de aprobar las oposiciones de profesor.

"Quiero contaros mi llegada a Aldeas, mi paso y qué es lo que supone para mí Aldeas hoy.

Hoy supone algo muy importante para mí porque mantengo un vínculo muy estrecho con todas las personas con las que he compartido mi vida, desde la que un 16 de septiembre del 92 me abrió la puerta y me dijo ‘ésta es tu casa’ hasta los educadores que te hacen el seguimiento una vez que ya estás emancipado y vives solo.  

Yo vivía con mi abuela y con mi madre, y a las dos se las llevó un infarto de miocardio y una insuficiencia respiratoria en dos meses. Hay que comprender cuál es el estado de uno cuando tiene 9 años y todavía le falta mucho cariño por recibir, una edad en la que estás forjando todos tus sentimientos. Te encuentras que no sabes ni por donde estás. Pero no era yo solo, éramos cuatro hermanos, y nos enviaron a un Centro de Menores de Zaragoza, donde afortunadamente estuve poco tiempo, porque una cosa es un hogar y otra cosa es un Centro.

Es muy difícil levantarte por la mañana con una sirena, bajar en un horario a desayunar, recogerte la ropa en la lavandería como el número 42… Yo no entendía que esto fuera una forma de vida, con el paso de los años vi que no me adaptaba y le dije al psicólogo que pese a lo que pudieran pensar mis hermanos yo estaba dispuesto a separarme de ellos. Opté por una opción muy egoísta: quería tener una familia. Necesitaba lo que anteriormente tuve, una madre;  para mí era una figura de referencia. En el Centro estábamos separados, apenas nos veíamos. Entonces decidieron que en principio me iba yo, pero posteriormente nos fuimos todos.

Me acuerdo que salimos con el director del Centro en un taxi hacia un pequeño pueblecito que se llamaba Villamayor y allí había algo a lo que llamaban la Aldea. Yo no sabía lo que era Aldeas. Te dicen que vas a estar mejor con una casa, con una señora, pero eso no te lo crees hasta que realmente lo vives. Sales de un Centro y  piensas ‘me llevan a otro, seguro, con mis hermanos, pero me llevan a otro’. Reconozco que me equivoqué. Cuando salimos del taxi, tocamos al timbre y salió una señora con un mandil que nos abrió la puerta y nos dijo: ‘¿Ya estáis aquí? Pasad, chicos, a vuestra casa.’

Había otros niños allí, y son los primeros que te hacen incorporarte en la casa, en la vida y en el día a día; son los propios chavales quienes te acompañan junto a esta madre SOS: esta es tu habitación, aquí hay un baño, esto es una sala de juego, ahí fuera hay un corral... Entonces ves que realmente es una casa, una casa que tienen cristales, calefacción, una mesa donde puedes comer, un baño.

Estuve todo este tiempo en la casa, me sentí muy bien, para mí era mi casa. Tenía más compañeros, y mantengo contacto todavía con ellos, nos vemos a menudo. No somos hermanos biológicos, pero realmente hay un afecto muy grande, incluso más que el que podría llegar a tener con hermanos fraternales.

Después pasé a otro dispositivo de Aldeas que era la Residencia Juvenil. Me matriculé en FP de Grado Superior, en Hostelería, y de ahí surgió mi trabajo, con el que llevo ya muchos años, estoy muy bien considerado y me permite pagar mi piso. Estoy realmente muy orgulloso y quiero darle las gracias a la Organización por lo que me han ofrecido. Y por lo que yo he sabido aprovechar, todo hay que decirlo. Sólo puedo decir que me he llevado lo mejor. Me he llevado de Aldeas a mi madre SOS, con la que todavía hago vida, la veo, nos reunimos, le cuento mis inquietudes, mis problemas...”