Foto: Iván Hidalgo

Entre lágrimas y tierra

Por: Hermanos Migrantes

Adelante. Adelante. Es lo único que tengo claro. No importan los moscos o la humedad del aire pegada en los pulmones. Para delante. Nomás jálale para adelante, pienso. Me suda toda la piel, y entonces me digo en voz baja: El sol está cabrón, mis palabras perdidas por el rompimiento de las hojas, pero Daniel me oye y asiente: Sí, está cabrón. Por más que alzamos la vista y buscamos una salida, una casa, no hay nada, puro silencio y calor; apenas una corriente de aire. De todas partes surgen los chillidos de las aves. Daniel mira mis pies: cierra los ojos y niega con la cabeza. Te hubieras traído los zapatos del tío Jaime, me dice. No me quedaban, le digo, no me quedaban. Entonces veo mis zapatos: están jodidos de a madre, pero aguantan bien el lodo y las ramas, aguantan bien, sí siento como se humedecen mis dedos, y sí siento calambres, pero aguantan. Daniel se vuelve y sigue caminando moviendo las ramas de los árboles con las manos. Va muy serio. A mi me dan ganas de abrazarlo porque tengo miedo, estamos muy solos y lejos, pero me aguanto; estamos solos en una pinche selva. Y me digo: No seas tonto, no seas tonto, todavía falta mucho, todavía falta.

Por fin, después de tanto sudor y tanto andar, por detrás de los árboles y la espesura muerta se van viendo casas, casas muy pobres, como las de Honduras, y entonces pienso: Seguimos en Honduras; y me pongo triste y siento que los mocos se me hacen agua, porque no puede ser que después de tanto día y tanta mierda, sigamos en Honduras. Pero Daniel tiene una mirada segura. De milagro vamos bien, me dice. Entonces me tranquilizo y sorbo los mocos con fuerza. Ya estamos en Tenosique, me dice, o se dice, no sé. Ya estamos en Tenosique. En eso, el ruido de la selva se corta por un quejido fuerte que parece de cerdo, pero es humano, se vuelve a repetir. Daniel y yo nos escondemos en los arbustos, casi pegados al suelo. Daniel alza la cabeza y por entre las hojas secas observa a la derecha y a la izquierda, tantito arriba, tantito abajo; de pronto deja escapar un murmullo sin aire: ¡Madres! Vuelvo la cabeza, y lo mismo que mi hermano: por entre los huecos de luz que voy encontrando o que voy abriendo con mis dedos, veo a ocho migrantes desnudos tendidos en el suelo. Tres hombres armados, vestidos con camisas buenas, les gritan, los insultan ¡Puta madre! ¿Y el dinero pendejos? No traemos nada, cabrón: la voz ahogada, mermada por el cansancio de un migrante. Qué dijiste, pendejo, responde uno con bigote. Métele los huevos por donde le entren, contesta otro de los armados. El hombre del bigote alza una rama del suelo, muy gruesa. Y mientras avanza repite: Qué dijiste, pendejo. Abre las piernas del migrante con una fuerte patada y le mete la punta de la rama por el… Yo me vuelvo de inmediato hacia Daniel, y me doy cuenta que estoy todo sudado, jadeante. Daniel, sin volverse, me pone una mano sobre la boca; un sabor a tierra y a sal se agolpan en mis labios. La mano de Daniel me aprieta con más fuerza, no aguanta lo que está viendo; pero no se voltea, quiere saber en qué nos metimos, de qué protegerme. Porque no es lo mismo que el tío Luis desde los Estados Unidos y por teléfono te diga que en México todos son cabrones, pero muy cabrones, sobrinos, ni con la policía se den confianzas, nada, hay mucho secuestrador, cuídense de todo, siempre atentos ¡Siempre! No se escucha igual. Al cabo él está en Estados Unidos, uno lo escucha al teléfono y siente que está cerquita, que nomás se trata de caminar, de joderse los pies y buscar qué comer. Pero ya en medio del camino no se siente igual, yo sólo porque vengo con Daniel, pero aún así pienso que los que están allá son ocho y los otros, tres, y ni así pueden defenderse los migrantes. Me dan ganas de regresarme, aunque sea a gatas, aunque en Honduras me muera de hambre, y de nuevo me digo: no seas tonto, no seas tonto. Si no para qué ahorró tanto mamá, para qué. Porque así es allá, la vida se acaba muy pronto y a todos siempre les sale la idea de irse para Estados Unidos. Por eso mamá ahorró, para que nosotros tuviéramos dinero con qué irnos. Pero desde allá le vamos a mandar dinero, más, mucho más del que ella nos dio ¿Verdad, Daniel? Sí, respondió cuando nos íbamos adentrando en la selva, cuando empezábamos a escuchar los sonidos húmedos y rotos. Y yo por más contento que lo decía, él nada, solamente sí, como si ya trajera todos los kilómetros del jodido camino hasta Estados Unidos en los ojos. De pronto, detrás de donde estábamos escondidos, escuchamos la marcha de un coche. Daniel me soltó, y lentamente volví la vista, me puso una mano en el hombro y ya no me sentí tan solo, Estoy contigo, parecía decirme. Tres migrantes se estaban vistiendo y los otros estaban viendo la ropa que les habían dejado, uno de ellos era al que habían herido. Se me chinó la piel al verlo. Daniel esperó unos minutos y yo también esperé. Luego se alzó y caminó hacia los migrantes, a mí me invadió un miedo muy raro. A qué le tienes miedo, tonto, si ya se fueron. Me levanté y caminé a las espaldas de Daniel. Los migrantes nos miraron de soslayo, el herido ni siquiera levantó el rostro, Daniel alzó su mano y me dijo muy bajito: El morral. Yo se lo di. Daniel sacó del morral unos panes que nos había dado mamá y se los dio a los migrantes, uno de ellos los tomó y los repartió entre todos, hundiendo sus gruesos dedos para partir el pan. Gracias, le dijo a Daniel. A mí me dio coraje que Daniel hubiera hecho eso; Estados Unidos quedaba lejos, todavía muy lejos, había que subir al tren, llegar a Coatzacoalcos, luego a Medias Aguas, a Lechería… Pero luego el migrante levantó el rostro y con una voz muy ronca, mirándome a los ojos me dijo: Gracias. Me sentí mierda y dije: De nada, De nada. Daniel me volteó a ver y con los ojos me decía: Ellos ya no tienen nada, como nosotros, entiende. Daniel les preguntó que si iban para el tren y ellos respondieron que sí. Y así, sin decir más, quedó claro que nosotros nos íbamos con ellos. Descansamos un rato, en ese tiempo Daniel se me quedó viendo con ojos tristes. Esperamos a que Pedro, al que le hicieron eso, se levantara, y luego todos nos pusimos de pie y comenzamos avanzar, la luz se estaba yendo. Los ocho migrantes avanzaron, yo me colgué el morral y me dirigí hacia ellos; la mano de Daniel me tomó por el hombro. Me volví hacia él y en ese momento me dio un abrazo muy fuerte, muy fuerte. Sentí cómo le palpitaba el pecho, y las lágrimas que me aguanté antes se me salieron bien fuerte, fuerte como su abrazo y me puse a llorar sin detenerme, a llorar temblando. Daniel se agachó y me dijo al oído que si yo quería nos regresábamos. Y entre lágrimas y tierra me puse a pensar en Honduras, en el hambre, en nuestra mamá y en el tren de Tenosique, en la voz del tío Luis, y en el andar chueco de Pedro, en los ojos de Daniel. Y puras lágrimas, nomás no le podía responder a mi hermano, y él me estrechó más fuerte. Y es que desde que dijimos que nos íbamos para Estados Unidos por primera vez me sentí tranquilo, tranquilo y seguro, aunque no supiera hacia qué camino de la jodida vida quería ir. Pero mi hermano me tenía bien abrazado, diciéndome que él no me dejaba. Vámonos para Honduras, dijo y yo sonreí entre sus brazos, contento, bajo la protección de un hermano.