Foto: Iván Hidalgo

Grandes hermanos

Alicia Garrido Muñiz

Sobe y Demba eran dos hermanos que habían nacido en Uganda. Los dos vivían con sus padres Colo y Anike. Uganda estaba en guerra des de 1986 y toda la familia estaba muy preocupada. Antes o después tendrían que llamar a Colo, el padre de los niños para unirse al ejercito militar, pero a parte se usaban niños-soldado y la tasa de mortalidad infantil era superior al 13,6%.

-Sobe, ¿Cuándo crees que se acabará esto?

-No lo se, pero no creo que sea muy pronto.

-¿Tu crees que llamarán a papá? Es que tengo miedo.

-No te preocupes- dijo Sobe abrazando a su hermana pequeña- no pasará nada. Pero por desgracia se equivocaba.

Al cabo de unas semanas cuando estaban los cuatro en casa, llamaron inesperadamente a la puerta. Anike fue a abrir la puerta. Cuando la abrió soltó un chillido ahogado. Detrás de la puerta había un comandante y un general.

Inmediatamente Colo fue a ver que pasaba.

-¿Vive aquí un tal Colo?

-Si, comandante.

-Llámele.

Antes de ir, Colo fue a ver a los niños.

-Niños iros, rápido, ha venido el comandante.

-¿Los militares?- preguntó Demba asustada.

-Si- dijo su padre nervioso- iros por favor, salid por la ventana, que no os vea nadie. Sobe, encárgate de tu hermana-  les dio un fuerte abrazo y un beso a cada uno. Los niños salieron por la ventana y desaparecieron.

-¿Tienen ustedes hijos?- preguntó el comandante.

-Nosotros…- Anike miró hacia atrás por si veía a Colo, cuando vio su cara supo lo que tenía que decir- No.

-En esta ficha nos pone que si- dijo el comandante.

-Deben saber ustedes que nuestros hijos murieron de enfermedad.

-Está bien, lo anotaré.

Colo apareció por sorpresa.

-Este es Colo.

-Muy bien, ya sabe…

-Lo se. Lo único que quiero saber es que harán con mi mujer.

- De momento la llevaremos a un hospital de campaña y cuidará de los heridos.

Colo intentó protestar. Pero antes de que pudiese, el comandante se lo llevó.

Mientras, los niños consiguieron salir del poblado y cuando se creyeron suficientemente seguros Demba le dijo a Sobe:

-Me dijiste que no pasaría nada, me has mentido.

-Demba, ahora no podemos enfadarnos, tenemos que continuar. Yo solo te tengo a ti, y tú solo me tienes a mí. Dependemos el uno del otro.
 
-¿Papá y mamá volverán?

-No creo, Demba.

-¿A dónde vamos?

-No lo se, pero papá me explicó que hacía el norte cerca de un poblado se encuentra un campo de refugiados  Intentaremos  ir hacia él.

Aquella noche Demba estaba triste y desconsolada, los dos hermanos se abrazaron fuerte y derramaron juntos sus amargas lágrimas. Demba suplicó:

-No quiero que tú y yo nos separemos.

-Haré todo lo que este en mi mano para que eso no suceda.

Después de caminar durante muchos días, Sobe divisó a lo lejos un montón de pequeñas casas de tela. Los dos apresuraron el paso todo lo que pudieron.
 
Efectivamente era el campo de refugiados. Allí les recibió una mujer blanca, que acostumbrada a recibir continuamente niños huérfanos los hicieron pasar a una gran tienda de campaña y los dos hermanos les explicaron su historia.

La mujer que era francesa y se llamaba Anaïd, se interesó por saber si tenían familiares que pudieran hacerse cargo de ellos. Sobe dijo que sus abuelos murieron hace mucho tiempo y que no sabía en que poblado vivían sus tíos.

Anaïd les dijo que Sobe que ya tenía doce años tendría podía quedarse pero que Demba tendría que ir a un campo de refugiados de niños.

Los dos hermanos se miraron y después miraron a Anaïd sin poder creer sus palabras. Sobe gritó:

-¡No puede ser! Es imposible. ¡Ya hemos tenido bastante! No nos podéis separar.

- En el otro campo de refugiados Demba estará mejor pero sólo acogen a niños menores de doce años.
 
Demba se puso a llorar y se abrazó a Sobe.

-¡Es injusto!

-Solo os podéis quedar un día juntos. Mañana vendrán a buscar Demba.
Los dos hermanos tristes y desconsolados salieron a fuera y se sentaron en el suelo.

-¡No puede ser! Sobe, dime que no es verdad.

-Demba, es verdad- y está vez Sobe también se puso a llorar.

-Ten, este es mi amuleto. Te lo doy. Llévalo siempre colgado por favor, así te acordarás de mi.

Al día siguiente vino una furgoneta destartalada vino a buscar a Demba. Los dos hermanos se dieron un fuerte abrazo y impotentes tuvieron que separarse.

Los días iban pasando y los días se convirtieron en meses y los meses en años. Cuando se quisieron dar cuenta ya habían pasado dos años. Un día inesperadamente Sobe cayó enfermo. Se encontraba muy mal y tenía dificultades para respirar. Su estado cada día que pasaba era más preocupante. Anaïd muy angustiada le dijo que tenía que luchar y vencer a la enfermedad a lo que Sobe respondió entrecortadamente:

- Necesito a Demba.

Anaïd muy preocupada salió de la tienda sin decir una palabra. Dos días después una niña alta y desgarbada entró en la tienda de un agonizante Sobe. Demba, pues no era otra, se acercó a su cama y le dijo:

-Sobe, abre los ojos…- Sobe en un esfuerzo sobrehumano consiguió abrir sus cansados ojos y fue tal su sorpresa que primero pensó estar soñando. Con voz muy débil logró decir:

-¡Eres tú Demba! – y los dos hermanos se fundieron en un emocionado abrazo.

- Sí, y está vez nadie nos separará. Ahora tengo doce años y podemos estar juntos en este campo de refugiados.

Sobe y Demba se quedaron en la aldea hasta que tuvieron la edad de poderse valer por si mismos.  Cuando salieron de allí se fueron a vivir juntos, eran como dos cuerpos pegados. Si el uno iba a comprar el otro le acompañaba, y siempre iban cogidos de la mano. Al final todo se arregló, porque dos hermanos, nunca se pueden separar, son el uno para el otro.