Foto: Iván Hidalgo

Pasteles de aire

David Villar Cembellín

I.

Rodrigo se moría. Problemas con un corazón que amenazaba con dejar de latir. Su familia le llevó a un hospital, donde constataron este punto. Rodrigo se moría, rápida, inexorablemente.

- Ernesto, tienes que venir –llamó a España su hija mayor-. Cuanto antes. Mi padre se muere.

Ernesto compró esa misma tarde un billete de avión para Bélgica. Rodrigo se moría.

II.

Cuando entrevieron que las cosas se pondrían feas para los republicanos -y más tarde, con la caída del Frente Norte, se pondrían feas de verdad-, los padres de Rodrigo y Ernesto decidieron mandarles fuera, al extranjero. Ambos eran cargos electos por el bando republicano en sus pueblos, vascos para más señas, y quisieron de esa manera alejar a sus hijos de cualquier represalia.

Así, sus padres les metieron en un autobús con una maleta llena de ropa y les hicieron abandonar sus pueblos. Cruzaron la frontera cerca de Irún, atravesaron Francia, cogieron un tren que les llevara a Bélgica y entraron en Amberes. Allí les esperaba un miembro del Partido Socialista Belga, un camarada, que a mediación de las Femmes Prévoyantes Socialistas les acogería con su familia.

No contaban Rodrigo y Ernesto ni diez años cuando pasaron a formar parte de la misma familia. No contaban ni diez años cuando las circunstancias de una guerra les convirtieron en hermanos.

III.

Niños de la guerra. De esta manera, con este absurdo nombre, les recordarían las generaciones posteriores. Niños de la guerra. Eufemismo donde los haya para relativizar la culpa de los adultos, su don para la violencia, su capacidad para destruir la inocencia.

Niños de la guerra. Bajo ese apelativo serían incluidos en el futuro Rodrigo y Ernesto.

Niños de la guerra. Como si de la guerra pudiera salir algo tan puro como un niño.

IV.

Y ahora Rodrigo se moría, se lamentaba Ernesto. Su amigo, su confidente, su hombro, su apoyo, su hermano, se moría. Llevaban temiendo bastante tiempo que ese momento pudiera llegar y al fin estaba ahí.

Esperando a que le recogieran en el aeropuerto, Ernesto intentaba imaginar la vida sin Rodrigo. No podía. Sin él, el futuro se le antojaba de un color blanco aterrador, como una gran nada.

Hermano, hermano, hermano… tarareaba en su cabeza.

V.

Aún fueron afortunados Rodrigo y Ernesto en su destino en el extranjero. Sus padres habían sabido moverse rápido y a través de sus contactos les habían podido encontrar una familia, un hogar de verdad. La mayoría de los niños desplazados, de los niños huidos, no tenían esa suerte y se hacinaban en las colonias, mal denominadas “hogares”, de Oostduinkerke o Heist sur Mer durante semanas, meses, a la espera de encontrar esa familia, ese hogar.

Aún fueron afortunados Rodrigo y Ernesto porque desde el primer día su familia de acogida les trató como a sus propios hijos. Eran un matrimonio belga joven y bondadoso. Michel Rabagliati y Edna, así se llamaban.

Aún fueron afortunados Rodrigo y Ernesto porque cuando, aquella noche, Pierre y Edna les pidieron que se sentaran, que les tenían que contar una cosa, no dudaron un momento en asegurarles que seguirían con ellos el tiempo que hiciera falta, para siempre, como una auténtica familia, ahora que sus auténticos padres habían fallecido fusilados, víctimas de un paseo, sin juicio, como tantos.

Rodrigo y Ernesto se quedaron huérfanos a los doce años. Pero como digo, aún fueron afortunados…

VI.

El hospital tenía ese olor químico y aséptico de todos los hospitales. Ese olor que utilizan los médicos para perfumarse, para enmascarar la muerte. Rodrigo se encontraba en una habitación del tercer piso, al fondo. Cardiología.


- Lo intentamos, hermano – dijo fatigosamente el rostro apergaminado de Rodrigo desde su cama a modo de saludo-, pero ambos sabíamos que tarde o temprano mi corazón diría basta…

Ernesto no dijo nada. Sólo se dirigió a su cama y rodeó a Rodrigo en un largo abrazo, en un abrazo eterno. Rodrigo y Ernesto, abrazados. Como hermanos.

VII.

La vida de Rodrigo y Ernesto con su familia belga se desarrolló sin más sobresaltos que las propias de la edad. Goloso irredento, Rodrigo se vería envuelto en un robo menor a una chocolatería de Amberes –«habían escrito que era el mejor chocolate de Europa y lo tenía que probar», fue su infructuoso alegato de defensa- y Ernesto, de espíritu más poético y emotivo, pasaría una temporada lacónica y difícil a costa un desengaño amoroso, pero en definitiva nada que sus padres adoptivos no supieran capear.

Más tarde, ese espíritu  poético del uno y la glotonería golosa del otro darían lugar a una interesante situación. En parte, de eso también trata esta historia.

VIII.

- Es por la diabetes, ya lo sabes, tío Ernesto –le comentaba la hija mayor de Rodrigo-. Por mucho que le hemos cuidado entre todos, mi padre ha sufrido diabetes desde que tenía treinta años y todos sabemos cuánto sufre el corazón de un diabético…

Ernesto asentía a las palabras que su sobrina le decía, palabras que él ya conocía de sobra, palabras que realmente no escuchaba, no estaba ahí…

IX.

A los veintidós años, Rodrigo y Ernesto trabajaban en la misma fábrica de maquinaria pesada. Rodrigo había estudiado mecánica y ocupaba un prometedor puesto de oficial mientras que Ernesto había estudiado hostelería y trabajan en la cocina de la fábrica. Rodrigo, además, había empezado a tontear con una chica. Se le veía feliz. Ernesto, en cambio, sentía que no terminaba de encontrar su sitio.

- Regreso a España –decidiría un par de años después-. Aquí veo que no termino de encajar, como si este no fuera mi lugar.

Rodrigo recibió como puñetazos las palabras de su hermano, pero no se opuso. Ya en España, en Bilbao, Ernesto comenzaría trabajando en despachos de pan, ahorraría como una hormiguita y montaría su propia pastelería, humilde. Con el tiempo, esa pastelería se convertiría en una de las más populares de la zona Norte y Ernesto en un reputado pastelero.

A partir de entonces, Rodrigo y Ernesto se verían menos, pero en Navidades siempre quedaban. Como una familia, Rodrigo invitaba a Ernesto a su casa en Amberes con su mujer y sus hijos, y éste, a cambio, le llevaba los mejores productos de su pastelería, una caja entera rebosante con los pasteles más innovadores, los más deliciosos. Sabía cuán goloso podía ser Rodrigo y cuánto le gustaban las delicatessens que él le llevaba.  Las Navidades felices no eran para Ernesto sino una imagen de Rodrigo hinchándose a pasteles.

X.

A pesar del olor a hospital, a pesar de la situación actual, Ernesto no pudo reprimir un tremor de nostalgia al recordar la cara de deleite de su hermano comiéndose uno de sus pasteles, a dos carrillos, recreándose en el momento, salivando, poniendo en funcionamiento todas y cada una de sus papilas gustativas. Ponía unos morros graciosísimos, como los de un burro intentando alcanzar una zanahoria.

Tiempos felices, pensó para sus adentros. Tiempos muy felices.

XI.

- Te lo pido, te lo pido por favor –le rogó su cuñada a Ernesto hacía ya más de cuarenta años-. Sabemos cuánto le gustan tus pasteles, más que ninguna otra cosa en el mundo, pero ahora, con su diabetes tan alta, son como veneno para él. Te lo pido por favor. Sigue visitándonos, pero no traigas más pasteles…

Ernesto accedió. Su cuñada tenía razón. El destino había castigado a su hermano Rodrigo con el peor castigo que se puede reservar para un goloso: la diabetes. Se la habían diagnosticado hacía apenas un par de meses, una diabetes especialmente virulenta para su juventud, treinta años. Una diabetes preocupante. Se habían acabado los dulces para Rodrigo. Para siempre.

A Ernesto le entristeció sobremanera la nueva situación de su hermano. Ya no podría probar nunca las delicias que él preparara en la pastelería, y eso le apenaba tanto por su hermano como por él mismo. Tenía en Rodrigo a su más ferviente admirador, siendo a la vez esa admiración la mayor de las satisfacciones que su oficio le había ofrecido a Ernesto. No obstante, Rodrigo no era dado a la autocompasión y le solicitó a su hermano:

- No me prepares pasteles, Ernesto, pero cuéntamelos. Cuéntame tus mejores recetas, su composición, sus ingredientes, sus texturas. Cuéntame el corazón de tus pasteles, su alma, y será como si los probara de verdad. No escatimes en detalles.

Y de esta manera fue como Ernesto comenzó a elaborar pasteles de aire para Rodrigo. Pasteles que narrar telefónicamente a su amado hermano que no podía comer pastels de verdad. Pasteles que rezaban “Hojaldre de fresas y grosellas envueltas en crocanti de almendras sobre nata de avellanas” o “Tartaleta de chocolate belga al aroma de vainilla sobre lecho de natillas y nubes de merengue” o “Pastel de nueces con virutas de chocolate al aroma de naranja” o un largo etcétera.

Pasteles de fantasía, imposibles algunas de las veces, que tenían la querencia a contener algo de chocolate a sabiendas de la debilidad que su hermano tenía a tal elemento. Pasteles imaginados que saciaran la curiosidad de un diabético goloso. Pasteles de palabras, ideados como poesías.

Pasteles de aire.

XII.

Pero ese día era distinto. Rodrigo se moría, rápido, inexorablemente, y Ernesto no estaba dispuesto a que su hermano muriera sin probar de nuevo sus delicias dulces, una caja entera, las mejores entre las mejores que había seleccionado y preparado personalmente para él. De esta manera, de nuevo se había acercado Ernesto a la cama de Rodrigo, acercándole ahora una caja de pasteles.

- Se acabaron los pasteles de aire –dijo Ernesto contrito, grandes lágrimas colgándole de los ojos como calamocos-. Pruébalos, son los mejores: “Medallones de piña y coco regados en chantilly con un punto de canela”, “Bizcocho borracho de vino de Oporto con nueces de Macadamia”, “Carolina de merengue de melocotón”,… Elige uno, cualquiera.

Y a pesar de que Rodrigo no tenía ni un ápice de hambre, cogió un pastel de la caja que Ernesto le ofrecía. Ernesto, a su vez, no podía imaginar mayor felicidad que la suya en ese momento, observando a su hermano probar de nuevo una de sus creaciones, viéndole deleitarse de nuevo con uno sus pasteles, poniendo esa graciosa cara de burro intentando alcanzar una zanahoria.

- Deliciosos, hermano –agradeció Rodrigo, densas lágrimas cuajándose también en sus ojos présbitas-. Insuperables. Exquisitos.

Y añadió:

- Sin embargo, contados por ti para mí durante todos estos años han sido incluso mejores.

XIII.

Unos días después, Rodrigo murió en el hospital.

En su habitación, ante su cadáver, Ernesto berreó entonces su impotencia al techo, llorando como se llora la ausencia de una persona cuya muerte supone más dolor que la propia muerte, llorando como sólo se puede llorar a un hermano.

Recordará no obstante Ernesto en los años venideros que, justo antes de morir, en esos últimos instantes, Rodrigo aún tuvo tiempo para regalarle una última sonrisa que atesorar. Una última sonrisa justo antes de no volver a respirar más, apenas un segundo antes de exhalar su último suspiro, leve y vaporoso como un pastel de aire…