Mi hermano, mis ojos

Cuento de Eva María Pedraza, ganadora de la II Edición del Concurso de Cuentos “Los Hermanos”, categoría de mayores de 16 años

No entiendo por qué la gente insiste en describirme los colores; no tengo ningún referente para poder imaginármelos. Es lo que siempre te decía, hermano, aunque tú seguías intentándolo una y otra vez. Tú eras el que mejor sabía describirlos. Apoyo la mano en la arena, que devora mis dedos como una lengua ardiente. Es de día; y tú me dirías que la arena brilla tanto como el sol. Yo solo siento el calor sofocante que me aplasta los pulmones. Deseo que sea de noche. Me explicabas, hermano, que yo seguramente lo que veo es negro.  Supongo que así llamáis a esa nada que yo contemplo. Yo tan solo recuerdo que me dijiste que así son las noches cuando no hay luna: negras. Por eso es mi momento favorito del día: nadie puede ver, al igual que yo.

Hoy no he ido a la escuela.  Quería pensar en ti.  No sé si recordarás que hoy es mi cumpleaños, hermano. 

He dado de comer hoy a las cabras. Padre ya no puede moverse.  Le toco, y su piel es tan rugosa como la corteza de las palmeras del huerto. Me gustaría tocar las hojas de las palmeras, pero están demasiado arriba.  Tú seguro que habrías podido escalarlo.  Y bajarme alguna.  Pero no estás.  Y no sé porqué, me echo a llorar.

Madre no ha vuelto a ser la misma.  Yo no sé qué hacer para consolarla. A veces, siento que es mi culpa. Sé que es mi culpa que te marcharas.

Recuerdo cada palabra que usabas para describir el interminable desierto que nos rodea. Grotesco,  vacío,  un…infierno, sí, esa es la palabra que me susurrabas. Echo de menos tu voz.  Y lo bajito que decías lo bonitos que eran mis ojos.  Pero no son bonitos;  no funcionan.

Recuerdo la noche en que te conté que quería viajar y contemplar el mundo. A veces sigo pensando que, quizá, si logro salir de aquí, pueda ver.  Tú tan solo me decías: Yo seré tus ojos, hermano. Y me describías la luna, y las palmeras, y las cabras, y la escuela, y la gente, y a Padre y a Madre.  Y el color de nuestra piel. Eso te frustraba.  Sigo sin entender porqué.

Debo irme, hermano.  Debo ir a casa, a cuidar de todos.  A sentir la tristeza de Madre, y la vejez de Padre.  Me pregunto qué estarás haciendo, qué estarás viendo ahora mismo.

Sigo con tu promesa guardada en cada rincón de mi piel. “Me iré a Europa, y te conseguiré unos ojos nuevos.  Me iré,  trabajaré y conseguiré dinero para salir de aquí.  Y volveré a buscaros, tan pronto como pueda”.

Yo no sé si en Europa habrá ojos de sobra, pero me lo creo, porque me lo dijiste tú.  Aún así, lo único que quiero es que regresas ya, hermano.

Me bastará con tus palabras, me bastará con que me cuentes todo lo que has visto, me bastará con imaginarme ese otro mundo al que te has ido. Me bastará con eso,  hermano. Pero vuelve ya, porque te necesito. Porque… aunque no vea, hermano,  sé que desde que te fuiste,  la luz del sol ya no es tan brillante como la describías tú.