Quédate conmigo esta noche

Mención Especial al cuento "Quédate conmigo esta noche" de Claribel Acuña en la III Edición del Concurso de Cuentos

Mi hermano Calixto y yo nos habíamos encontrado esa noche debajo de las sábanas de la cama de Karol. Yo iba encaminándome más y más en el desierto infinito del mundo que hay debajo de los terrenos de esas largas telas, perdiéndome más y más, protegido por los audífonos de un radio portátil que colgaba de mis dos oídos, cuando de repente me encontré con Calixto.  Casi nos dimos de bruces el uno contra el otro. Nos detuvimos frente a frente, primero sorprendidos y luego apaciguados, calmados, en un estado de ensoñación en el que los dos estuvimos detenidos en los cementos del tiempo.

Viéndonos la luz de nuestros ojos, por un instante infinito, que se prolongó tanto que yo llegué a inquietarme. Me pregunté qué habría estado pensado mi hermano en todo ese rato, qué habría estado deseando, qué habría estado sintiendo, si, por un motivo caprichoso del destino, habría estado allí por las mismas razones que me traían a mí a las profundidades de ese mar oscuro.

De repente los gritos de mi mamá elevaron su tono y yo me acurruqué, intentando acallar la sinfonía de los aullidos que venían de afuera con la música de la radio portátil. Sin dejar de mirar a Calixto. ¿Se sentiría igual que yo? ¿Sentiría esas garras malvadas y monstruosas que le rasgaban la panza desde adentro, sentiría, también, ese estado de profunda tristeza que era prohibido sentir? Porque sentirse triste era prohibido, era una insolencia de nosotros, de Calixto y mía. Porque todos decían que no era justo que nosotros dijéramos que éramos niños tristes cuando mi papá se rompía la espalda día y noche para comprarnos buenas cosas. Para darnos de comer y tener lujos, y poder comprar lo que nosotros quisiéramos. Y mi mamá trabajaba también en muchos lugares para que no nos faltara nada.  Todos los vecinos nos decían eso, y los maestros.

Ya éramos felices, a pesar de las peleas de mi mamá y mi papá, pero eso no era importante, lo importante era que teníamos cosas lujosas, eso decían todos. Más sin embargo, entonces, ¿por qué me sentía tan miserable? Los gritos siguieron, mi mamá rogaba por ayuda desde el otro lado, en el mundo fuera del universo subterráneo de las sábanas donde mi hermano y yo nos encontrábamos, y también oíamos la voz de mi papá, pero no entendíamos sus palabras.

Dios te ha dado juguetes, y una casa grande, y muchas cosas caras que debes apreciar. Dios te ha dado cosas de valor y es grosero decir que eres infeliz, decía la señora Amparo, nuestra vecina, todas las tardes en que yo iba a su casa.  Todas las tardes después del colegio yo iba a casa de nuestra vecina de al lado, porque ella tenían una pequeña tienda de dulces, de bebidas y de comida, al principio iba a su casa porque Calixto no salía de la guardería hasta dentro de muy tarde y si me quedaba junto con ella y la ayudaba en cualquier cosa me regalaba dulces, los más sencillos, porque los más sabrosos eran caros. 

La señora Amparo y el señor Emiro me decían que yo y mi hermano éramos niños buenos, excepto por Karol, ella si era mala; pero que estábamos muy malcriados porque teníamos muchas cosas y queríamos siempre más y mejor .  Yo sabía que tenía todo, pero tenía las ansías terribles de aclamar al cielo que sentía que todo me faltaba, y no entendía por qué. No entendía porque yo sentía ese vacío y esa soledad tan dolorosa, si mis padres estaban en casa en las noches. La única respuesta que encontraba era la falta de Karol, sus lugares sin llenar en la cotidianidad de mi vida. Pero la señora Amparo,  y su esposo el señor Emiro, y mi mamá, y mi papá, y mi abuela y todo el mundo nos había repetido una y mil veces que Karol era la encarnación del propio demonio, que era un engendro malagradecido ante Dios y ante sus padres que la habían llenado de las cosas que ellos nunca tuvieron, que le habían dado a ella una vida de felicidad con las cosas que ella quisiera comprar, que era el reflejo de la brutal asquerosidad en la que se había convertido la juventud de hoy día.

Los gritos seguían, de mi madre y de mi padre, mientras yo seguía el curso de los ojos de mi hermano para alejarme de ellos cuanto más pudiera. No puedes tener todo en esta vida, lo único que te falta es que tus padres se presten más atención, pero porque eres un niño mimado y los niños no necesitan que los estén consintiendo tanto, decía mi abuela cuando venía a visitarnos. Extrañaba a Karol, pero no me atrevía a decírselo a nadie porque me reganarían. Me pregunté si Calixto también la extrañaba. Me hubiera gustado que él igualmente la echara de menos, porque me sentía melancólico y en mi melancolía me sentía abandonado, abandonado porque nadie extrañaba a Karol y eso me hacía sentir solo en ese sentimiento. Abanado por un millón de cosas, por Karol, por mis padres, aunque nada de esto yo lo podía decir porque yo era feliz, y mi hermano era feliz, porque no todo es perfecto en la vida y no importaba mucho que mis padres pelearan de vez en cuando, decía la señora Amparo, pero yo no entendía y ella me decía que yo era un pequeñín que no entendía la vida y el mundo en que vivimos. Que yo era un niñito que no comprendía las cosas que sucedían, y que tenía que comenzar a hacerlo porque ya comenzaba a ser un niño grande, porque ya para esa noche junto a mi hermano yo tenía  diez años, y era un niño grande, y como Karol se había ido, ahora yo era el hermano mayor.

Me dolía la panza cada vez que recordaba la ausencia de Karol. Se me llenaba la piel de un fuego invisible que se introducía a través de mi piel y llegaba hasta mi estomago, y ese fuego abrasador estallaba dentro de mi cuerpo y subía a mi cara, y allí se estaba hasta que me quemaba tanto que los ojos me ardían y todo se me salía por allí, por mi ojos, y tenía que llorar hasta que ese fuego dejara de incendiarme todo. Y desde que Karol se había ido sentía este fuego a diario, a cada momento. Sentía que cualquier pelea que tuvieran mi mamá y mi papá podía quebrarme, y cuando eso sucedía me refugiaba en los audífonos de la radio portátil, para no escuchar ni sentir cualquier mal que viniera de afuera. Pero, como ya dije, desde la apartida de Karol cualquier cosa podía afectar mi espíritu, por eso me estaba aferrando más y más a la salvación que me propiciaba la música del radio portátil. Lo usaba casi todo el tiempo, si mi papá llegaba borracho de nuevo en la noche y yo era el que tenía que abrirle, le abría la puerta con los audífonos puestos porque no quería escuchar sus groserías, y si mi mamá aparecía de repente con un moretón en el rostro, yo usaba el aparato, porque así sentía que me alejaba y que esas cosas malas no me llegaban.

Eres como tu idiota hermana, me decía mi papá, siempre con ese radio portátil encima. Y era verdad, Karol nunca dejaba de escuchar música con sus audífonos, y, para ese entonces, yo me preguntaba, ¿por qué anda todo el tiempo con su música, alejada de nosotros? Si bien, ahora entendía a Karol, entendía por qué no se desconectaba esos cables de los oídos, y era porque a ella también le afectaban las cosas que sucedían a nuestro alrededor. Pero para ese entonces yo no la comprendía, no percibía las cosas que sucedían y que la obligaban a llorar.

Ahora si lo entendía, debajo de las sábanas de su cama, en un silencio eterno junto a Calixto, entendía las noches en las que la había encontrado llorando a escondidas debajo de las sábanas en donde ahora mi hermano y yo nos encontrábamos. Lloraba a escondidas porque a nosotros no nos pasaban cosas malas, sino que éramos unos malcriados, como decía el señor Emiro, éramos unos ingratos.
El señor Emiro pensaba igual que todos, y él a mí no me agradaba en lo absoluto. Se me revolvía el estomago y el pecho cada vez que lo veía, inclusive me daba hasta miedo ese señor. Pero el me había dicho que no le tuviera miedo, y que no dijera nada. Pero yo le tenía miedo, y quería decir algo, a mi mamá o mi papá, pero ellos estaban muy ocupados en el día trabajando para comprarnos cosas lujosas, y muy ocupados en la noche peleando y golpeándose el uno al otro. La primera vez que le agarré miedo a ese señor fue un día en que la señora Amparo tuvo que salir de urgencia a hacer una diligencia, y como yo iba a su casa todas las tardes ella me había pedido que le ayudara a su esposo con una mercancía que tenía en el sótano. Entonces bajé y lo ayude. Al finalizar el me dijo que había algo en que lo podía ayudar y me ganaría los dulces más sabrosos pero que a nadie se lo podía decir porque era una nueva oferta de la tienda, era un secreto secretísimo, yo, alegre, le respondí que sí. Y entonces el señor Emiro me hizo cosas raras, cosas extrañas, cosas que no puedo decir porque él me advirtió que era un secreto, cosas que no me lastimaban pero que prendía la hoguera dentro de mi estomago y me hacía terminar llorando a cantaros.

El señor Emiro finalizó, me entregó los caramelos, diciéndome que volviera todas las tardes y repitiéndome por millonésima vez que era un secreto. Los días pasaron y yo se sentía cada vez más frágil, volvía todas las tardes al horrible sótano del señor Emiro, pero ahora por miedo, porque en ocasiones se exasperaba y me gritaba que yo no podía abandonarlo a él como lo había hecho Karol, me gritaba que yo la reemplazaba a ella. Los días pasaron, y mi papá seguía borracho y lejos, solo volvía a la casa en las noches a golpear a mi mamá.

Los días pasaron y mi mamá seguía apareciendo con graves heridas en las mañanas. Los días pasaron y yo me sentía cada vez más abandonado, pero no podía decirlo esto a nadie porque todos me decían que tenía juguetes caros que muchos no habían tenido de niños y que eso me hacía feliz, por eso, con el paso de los días, yo intentaba abandonar todo a mi alrededor con los la música de los audífonos del radio portátil, tal como lo había hecho Karol hasta la noche en que se fue, la noche en que me abandonó a mí y a Calixto. Karol, Karol, le grité, cuando la descubrí subiéndose a la moto con un tipo grande, de rostro temerario, con una bolsa en que llevaba un motón de cosas. Karol, dejaste tirado tu radio portátil, le grité, con su radio en mi mano. No importa, Luis, me dijo ella. Pero ahora no podrás escuchar tu música, vociferé yo. Ya no importa, respondió ella, y fue lo último que me dijo hasta nunca jamás.

Yo también quería marcharme, pero yo no era grande como ella, y se me marchaba me llevarían a un orfanato o a algún hogar infantil, y todos decían que esos eran malos lugares, y a mí me daba miedo, miedo de que alguien más me hiciera las cosas que el señor Emiro me hacía, miedo de que los otros niños de ese lugar me golpearan.  Entonces estaba atrapado allí, y en las noches sentía el fuego en mi estomago, en mi rostro y en mis lágrimas calientes. Ese mismo día yo había cumplido diez años, ya era un niño grande, y mis padres me habían comprado un juguete carísimo, el más caro de la tienda, pero lo habían dejado en el armario porque habían olvidado que ese día yo me encontraba cumpliendo años, y en la noche mi papá había llegado borracho, más borracho de lo normal.

Esa noche me aventuré debajo de las sábanas de la cama de mi hermana, pues para mí ya era una costumbre diaria, una costumbre en la que intentaba abandonar la vida tan feliz que todos decían que yo tenía, con los audífonos en los oídos, y, aunque lo intentara, no había una sola noche en que no terminara llorando a solas el abandono de mi hermana mayor. A solas me tendía a llorar porque me había abandonado, no había podido aguantar más el purgatorio en que vivía, ni siquiera por mí. Pero esa noche me encontré con mi hermanito menor, Calixto, y viéndole sus ojos me pregunté ¿Se sentiría igual que yo? ¿Sentiría esas garras malvadas y monstruosas que le rasgaban la panza desde adentro, sentiría, también, ese estado de profunda tristeza que era prohibido sentir?

Me pregunté qué sentiría si yo lo abandonaba a él. De repente el brillo de sus ojos llegó a mi alma, y un golpe punzante destruyó de raíz las ganas de abandonas a mi hermanito. Esa noche, debajo de las sábanas, con el infierno afuera, esperándonos, decidí no abandonar a mi hermanito. Entonces me arranqué los audífonos, se los puse en sus dos orejitas, escucha a mi padre borracho golpeando a mi madre, y le subí el volumen a la música. Pero ahora no podrás escuchar tu música, me dijo Calixto. No importa, le dije, ya no importa