Tía Colihue, una tía de puro cuento

Mención Especial en el Concurso de Cuentos "Los Hermanos" a "Tía Colihue, una tía de puro cuento" escrito por María Cristina Beovide

Como no creo en fantasmas ni en almas en pena adjudiqué el cierre violento de la puerta del baño a una corriente inesperada que se  animó  a entrar  por la furtiva ventanita de la medianera. De mil maneras intenté  abrirla  pero parecía haber quedado definitivamente atrapada en el hermoso marco de madera que Gonzalo había fileteado con la eterna sonrisa de Gardel.

La boca generosa de Carlitos,con la comisura derecha un poco torcida y los dientes blancos, parecía una ironía en mi encierro. Con la lentitud de quien sabe que los próximos minutos serán cruciales en la búsqueda de una solución,tomé nuevamente el secador y me masajeé el pelo para abultarlo. Aún en medio de la preocupación me puse cera en algunos mechones y los hice tirabuzón con el experimentado movimiento de mis dedos.
Gonzalo regresaría a las dieciocho, y yo había aceptado reencontrarme con mi hermano, después de diez años de alejamiento,a las quince. Estaba francamente ilusionada con su llamado telefónico  diciendo que los hijos querían conocerme porque sólo sabían de mí por los cuentos publicados, y que para ellos era la Tía Colihue.
Golpeé inútilmente la puerta,forcé la manija,pensé qué tontería meterme en el  baño sin el celular. Finalmente decidí poner un banquito en la bañera ,subirme  y gritar   hasta que algún vecino me escuchara. Le pasé el número de celular de Gonzalo a una vecina piadosa para que le informara de mi situación, y me puse a esperar.
Al rato sonó la voz chillona de la señora que vive en el piso de arriba :_¡Su marido ya viene para acá! Quédese tranquila!_.En mi reloj que reposaba en la mesada del lavatorio eran las catorce horas.

Como andábamos cortos de plata, mi marido no tomó taxi. Se subió a  un colectivo a las catorce y diez  y combinó con  el subte que llegaría a Castro Barros en diez minutos a lo sumo. Me lo imaginé corriendo con la premura del caso y la buena disposición que lo caracteriza.

Para hacer tiempo,y amainar la creciente angustia, tomé del armario una lima y me dispuse a redondear las uñas de las manos.Y ahí los viejos recuerdos empezaron a dar vueltas  en mi cabeza. A decir verdad no fue sencillo ser la única hija mujer de Amelia. Ella repetía que le gustaba tener hijos varones, que los varones eran menos rebuscados, más fáciles de satisfacer. Por años intenté  que  creyera que yo estaba satisfecha con sus comidas,con sus propuestas de paseos,con sus caprichos,con su mirada esquiva para mí y siempre oferente para mi hermano. Me presentaba a sus ojos radiante y seductora. Pero era cierto, ella tenía razón, nada colmaba mis expectativas, mis deseos de tenerla ,de que estuviera pendiente de  mí.

Frecuentemente yo hacía cosas feas en casa y se las atribuía a Fernando. Y para peor,él se reía. No registraba el sentimiento hostil  que iba creciendo en mi alma en respuesta a la impunidad de nuestra madre. Tampoco se ocupaba de convencer a mamá  de su inocencia. Sabía que nada iba a cambiar entre ellos. ¡Y yo no podía gozar de mis maldades porque lo veía amistoso,seguro y  despreocupado!.

A papá en cambio este hijo le provocaba fastidio. Decía :”Negrito taimado”.En complicidad conmigo opinaba que era un pollerudo vanidoso. Sin embargo Fernando era admirable ,pertinente,gracioso. Un día le criticó con crueldad a la hermana de papá un defecto que padecía en la mano derecha. “Me das un poco de asco...” le dijo mirándola  a la cara .Yo pensé Tierra tragáme. Se hizo un prolongado silencio en el almuerzo familiar pero no pasó de ahí. Creo que todos sentíamos lo mismo cuando la tía avanzaba ese colgajo edematizado sobre la mesa del comedor para servirse algo.Y temíamos que él nos acusara de hipócritas.
Una vez yo insistía  que papá nos sacara una foto a mamá y a mí ,y Fernando se interponía entre él y nosotras. Yo me reía nerviosa frente a sus morisquetas. “Salíte que voy a sacar a mis dos nenas” bromeó papá. Amelia hizo un gesto extraño e invitó al hijo a  que se ubicara en el medio, entre ella y yo. Él, por un instante,vaciló. Se quedó en silencio, como si no entendiera. Mamá se alejó de mí para engancharle el brazo y atraerlo hacia nosotras. Papá dejó la máquina  sobre la mesa y se fue puteando. Fernando  nos sacó  una espontánea en el momento en que Amelia gritaba:”¡Vos siempre el mismo amargado!”

Con mi hermano hubo mejor encuentro en los años iniciales de la adolescencia  porque transitábamos por problemas semejantes. Mamá quería saber todo acerca de los amores de él, y yo por satisfacerla_una vez más_ le informaba con pelos y señales. Fernando se sintió traicionado por mí y nos alejamos. Siempre,de un modo u otro , mamá nos impidió que disfrutáramos del vínculo fraterno.

Para mis quince una vecina  fue la designada por mamá para que me acompañara a hacer “esas gansadas con las que pierden el tiempo las mujeres”.  Mamá desestimó a papá  para dar comienzo a la fiesta bailando el vals conmigo.”Tu padre es un patadura.” Fernando lo reemplazó y me robó el protagonismo de la fiesta. Mis amigas suspiraban por él y los varones,que eran sus amigos, estaban pendientes de sus bromas.

Una tarde que veíamos televisión juntas pregunté a mi madre por qué no tuvo otro hijo y me dijo riendo que por terror a tener otra nena. Me reí yo también,ni sé por qué.
Cuando mis padres se divorciaron, papá se fue a trabajar al interior, primero a Salta, luego a Jujuy. Yo tenía diecisiete y Fernando,veinte. Nos peleábamos a muerte. Él disponía de la radio,de la televisión,del cuarto más espacioso.
Cuando publiqué mi primer cuento,Fernando  alzó a mamá en sus brazos y le dijo ¿Viste que las mujeres a veces dan el gusto? Me puse a llorar como una nena y mi hermano me llenó la cara de besos.

Cuatro años después del divorcio papá murió en un accidente en la ruta. Viajamos  juntos para los trámites del traslado . Por primera vez conversamos acerca de nuestra infancia,de nuestros padres y  abuelos,de nuestras peleas. Sentí que la ausencia de mamá y el dolor de ambos nos unió en un viaje inolvidable. Fernando me confesó que mamá lo agobiaba.

Cuando se vendió la casa dos años más tarde Amelia favoreció abiertamente a mi hermano. Me explicó que él era el hombre de la casa y que debía abrirse camino para ser alguien.  Logró confundirme. A los dos meses él se fue al exterior para completar su formación como economista. Y nunca más volvió a vivir con nosotras.

Un tiempo después alquilé un departamento y me fui a vivir sola,cada vez más enojada con mi hermano. La última conversación  fue horrible.  El afirmó que yo siempre había hecho lo que me daba la gana y que él había vivido atado a nuestra madre, que ella siempre esperaba que hiciera todo perfecto.”Vos sos un mamarracho y nadie te dice nada.”


Sentada sobre la tapa del inodoro,con la lima sujeta entre el pulgar y el índice, de pronto me perdí  en  el torbellino de recuerdos. Con la mirada fija en las cerámicas coquetas de la pared, tuve más conciencia que nunca del daño que mamá nos provocó.

Cuando  terminé con el redondeado de las uñas eran las quince y Gonzalo no llegaba. Yo empecé a llorar. La boca de Gardel seguía sonriendo. En medio de la angustia y el llanto,murmuré ¡Estúpida,no se te ocurrió pedirle el celular a tu hermano! La sorpresa de su llamado me perturbó tanto que sólo respondí que sí,que tenía ganas de verlos, a él y a los niños.

Cuando  finalmente llegó mi marido y abrió la puerta a los golpes nos abrazamos. El se preocupó por mi encierro, no sabía lo de mi hermano. Yo no quería la influencia de nadie antes del reencuentro y por eso nunca le dije del llamado y menos aún de lo ilusionada que estaba. A las quince y cuarenta y cinco Gonzalo me contaba que un piquete de obreros de Metrovías, con motivo de un reclamo salarial, había cortado las vías  en la estación Congreso.

Nunca supe si Fernando fué a la cita,si me esperó,si alguna vez lo volverá a intentar. Me aclaró que  estaba en Buenos Aires para visitar a los parientes de su mujer.”Vivo lejos”, agregó.Tímidamente le conté que lo había tratado de ver en Facebook y me dijo riéndose que odiaba esos medios de comunicación. Ya han pasado dos años y el silencio no se interrumpe .


Igual me ilusionan sus últimas palabras “Nos vemos ,hermanita, mis hijos quieren conocerte”.La verdad es que sueño con el reencuentro. Y cuando pienso en esa conversación tan postergada que seguramente tendremos, las ideas y las emociones me invaden  como si se abrieran las compuertas de un dique.

Seudónimo Morena Clara