El llanto de un bebé refugiado

Testimonio de Katherina Ilievska, trabajadora de Aldeas Infantiles SOS en el terreno


Foto: Katherina Ilievska
Me encuentro en la frontera entre Macedonia y Grecia. Camino junto a Vera, una trabajadora de Unicef. No se nos permite realizar fotos, es la condición con la que nos dejó pasar la policía. Esa línea fronteriza se caracteriza por sus alambradas. Hay fuerzas de seguridad armadas en el lado macedonio y desde allí puedo ver el lado griego -el centro de refugiados en Idomeni-. Entre un lado y otro habrá unas 4.000 personas suplicando. Un grupo de jóvenes sostiene en sus brazos una pancarta en señal de protesta pacífica. Detrás de ellas surgen peleas. Veo a algunas madres con niños en los espacios vacíos entre los árboles, muchas de ellas están en primera línea muy cerca del peligro de la alambrada y la policía.
 
Entre el rugido humano de gritos de la gente y llantos de los niños oigo, a través de un megáfono, una voz en un idioma que no entiendo. Hará unos 30 grados, pero el ambiente es escalofriante. El director de Frontex (Agencia Europea para la Gestión de la Cooperación Operativa en las Fronteras Exteriores de los Estados miembros de la Unión) dijo a la prensa que desde el comienzo de año más de 520.000 personas han cruzado las fronteras de la Unión Europea. De momento no se espera una desaceleración del flujo de refugiados. Aquí, en la frontera entre Grecia y Macedonia, todas estas personas quieren llegar a lugares más seguros en Europa occidental. Vienen de Siria, Afganistán, Pakistán, Irak, Palestina, Somalia y de otros países afectados por conflictos bélicos, donde la vida normal ya no es posible. “Allí solo queda muerte”, dice uno de los refugiados.
 
Aguantan el calor abrasador y la lluvia torrencial, duermen bajo los cielos. Se hacinan en peligrosas embarcaciones. Solo les impulsa una cosa: llegar a un lugar seguro. La policía dice que va a dejar entrar a grupos de 50 personas, con intervalos de unos 10 o 15 minutos para evitar que haya problemas en la frontera.
 
En cuanto termina la zona fronteriza y la prohibición de hacer fotos, cojo mi cámara. Los jóvenes posan felices, su ira y sus súplicas dan paso a la felicidad. Una frontera menos. Una joven madre se encuentra entre ellos. Camina despacio porque carga con su bebé. Mi compañera Vera le extiende sus brazos y la madre, sin pensarlo dos veces, le pone a su hijo. Bebe agua de una botella. Está extenuada. Esta mujer no tiene ni idea de quién es Vera ni de quién soy yo, pero ve nuestras camisetas blancas con logotipos de organizaciones y sabe que estamos ahí para ayudar. Cojo también al pequeño, inclina su cabeza en mi hombro y su mamá sonríe. Estoy a punto de llorar. ¿Qué haría yo si tuviera que huir? ¿Lo soportaría? ¿Confiaría a mi bebé, mi bien más preciado, a un completo desconocido?
 
A lo largo del camino, me entero de que la mujer, su marido y el bebé vienen de Afganistán. El matrimonio es joven. Él lleva una pequeña bolsa, probablemente son todas sus pertenencias. No le importa que yo lleve a su hijo. Se le ve tan cansado que creo que va a desfallecer en cualquier momento.
 
Vera confía en que la policía sea complaciente, al menos con la madre y el niño,  y les dejen pasar al campo de refugiados sin hacer cola. “Están cansados. El niño, agotado. Necesita un baño y su madre descansar”, le dice Vera a la policía. “De acuerdo, pasen. El padre también, no podemos separarlos”, dice la policía y nos sorprendemos gratamente.
 
Una vez dentro, nos disponemos a bañar al bebé. Nos enteramos de que se llama Ali y que tiene tres meses. Cuando entra en contacto con el agua caliente rompe a llorar. Su padre se ha refugiado en la sombra. Le pido que vaya a por comida y agua al puesto de Cruz Roja. Echa una mirada hacia atrás, a su mujer y a su bebé. Se le ve aliviado.
 
La madre de Ali consigue un kit para el bebé de Aldeas Infantiles SOS. Hay pañales, toallitas húmedas, leche para bebés y un biberón. También encuentra ropa limpia para el bebé. Le pone polvos de talco y le cambia el pañal. Ali no deja de llorar. Es un llanto que quiero que escuche todo el mundo. Es un llanto de un niño que no está acostumbrado a la seguridad y a una infancia normal. Es el llanto de un niño refugiado.