De princesas y brujas

Cuento de Gabriela Lucía Amat, ganadora de la II Edición del Concurso de Cuentos “Los Hermanos”, categoría de menores de 16 años

A mi hermana le encantaba contarme historias y a mí escucharlas. Toso eso de princesas en castillos encantados, dragones que escupen fuego, genios que transforman pobres en ricos, hadas con alas brillantes y sirenas seductoras parecía completamente real. Me hipnotizaba con sus relatos, sentía que era protagonista de las batallas, de los amores, de las victorias, de las desgracias…

Mi madres siempre se las arreglaba para interrumpirnos cuando más emocionada estaba, entonces anunciaba que teníamos que regresar a casa, abandonar el hospital y, con él a mi hermana. Por el camino intentaba remediar los framas con los datos que había escuchado, casaba a todo el mundo con todo el mundo, mataba a los malos repentinamente, y por supuesto: “vivían felices por siempre on sus muchos hijos”. Yo fingía prestarle atención ya quye veía a mi madre poniendo todo su empeño en aquello, pero evidentemente la creatividad de mi hermana no era herencia de ella. La verdad estaba muy lejos de allí, imaginando los palacios, los jardines, los vestidos, los peinados, y más que nada, los príncipes.

En cuando llegaba a mi habitación me secuestraban las ideas, las solía anotar en un cuaderno que permaneció escondido bajo mi cama varios años. Ahota que retrocedo en el tiempo, o mejor dicho, en los recuerdos, porque el tiempo no regresa, tal vez escribía esas historias sólo por miedo de que cada vez fuese la última: temía olvidar lo fantástico que resultaba escucharla.

Fueron tiempos inciertos, como lo es la tempestad: no sabes cuándo ha empezado ni cuándo irá a acabar, pero se hace cada vez más larga y deja memorias negras. La verdad no entendía bien aquella situación, mi madre me mantuvo al margen tanto como pudo, puede que fuera lo mejor. Sé que estaba realmente preocupada, podía oírla llorar todas las noches, a veces dormíamos juntas: ella parecía en medio de la oscuridad, me miraba pensativa, yo le hacía un espacio, la esperaba y le ponía las piernas encima. Se trataba de una enfermedad grave: nadie es ingresado en el hospital por tiempo indefinido de no ser así. Toda la información con que cuento la obtuve a través de conclusiones.

Envejeció una década en sólo 17 meses. No quise preguntar para que no me mintiera. Mi madre le decía adiós en las visitas con tanto dolor que me asustaba, parecía que se despedía para siempre. Era difícil combinar el trabajo, el hogar y los problemas; era difícil no poder hacer nada y acostumbrarse a la idea; era difícil tener el alma permanentemente quebrada, y sin poder arreglarla… Casi todo se hacía difícil.

Recuerdo intacta a mi hermana: página, apagada. Nos sujetaba las manos y juraba que era cuestión de tiempo, que aquello se trataba de una prueba del destino. Nos abrazábamos las tres, queriendo creer en sus palabras, reproduciendo las escenas de las navidades, los picnics en el campo, los cumpleaños, las bromas. Revivíamos esos momentos con mucha intensidad, para jamás olvidarlos. Íbamos puntualmente todos los días a visitarla, yo solía quedarme con ella mientras mi madre hablaba con los médicos, que siempre repetían lo mismo como discos en mal estado, luego se refugiaba en los cafés del primer piso. Los fines de semana nos quedábamos hasta el amanecer, pero de lunes a viernes debía ir a la escuela, por lo que regresábamos a casa poco después de oscurecer. Me preguntaba cómo estaba mamá, y yo le aseguraba que bien, creo que sabía que mentía, pero no hacía más preguntas, al igual que yo cuando ella decía que se sentía mejor. Con los años entendí que nos engañábamos por la misma razón.

Así fue pasando el tiempo, que nunca alcanza, mientras mis hojas de historias se multiplicaban y a nosotros se nos agotaban las lágrimas. Y un día, mientras subíamos las escaleras notamos un alboroto tremendo, inmediatamente pensamos lo peor y entonces vimos a los médicos entrando y saliendo de la habitación junto con sus gritos. Mi madre corrió, nerviosa, a donde mi hermana; yo me quedé ahí, sin entender nada, congelada. Caminé despacio, la vista me fallaba. Me asomé a la puerta sin hacer ruido, no podía verlas, aquello estaba repleto de tanta gente. Permanecí tranquila mientras pude, afuera, en espera de noticias, hasta que las piernas me traicionaron y necesité sentarme en el suelo. Supliqué que acabase ese momento y que alguien saliese a decirme que ya podía ir a verlas, que me estaban esperando. Un doctor me llamó a gritos y todos abrieron paso. Me coloqué al lado de la estrecha camilla como hacía siempre para escuchar sus historias. Ella me miró con sus ojos tiernos, perecía un ángel, vestida de blanco, pero un ángel triste. Me abrazó con fuerza, me lanzó un beso y no pudo hablar. Posó su mano en mi rostro y tuvimos que llorar. Cerró los ojos, no los abrió más. Su mano cayó sobre las sábanas blancas, me quitaron de en medio y salí de allí corriendo. Me parecía mentira que fuese posible sentirse tan mal de repente, sentí rabia, tantos doctores y ninguno servía para nada. Nadie me avisó, yo creía que estaba preparada. Aunque no habló, sé que quería hacerme prometer que cuidaría a mamá. Y asegurarme que todo estaría bien porque morir no supone una despedida, que estudiaría mucho, que sería buena…

Encontré a mi madre rodeándome con los brazos, nos tiramos en un banco, y empezamos a llorar sin calmarnos, sin respirar, sin medirnos, sin preocuparnos de la gente ni de nada. Me sentí inútil, recordé las navidades, los picnics en el campo, los cumpleaños, las bromas y nos los olvidé jamás. Vi a la muerte de cerca, y tiene un sabor muy amargo. Me pareció tan injusto. Nos apretamos más fuerte, y suspiramos. Nos vimos diferentes, ya no éramos las mismas. No teníamos nada, faltaba un soldado en nuestro ejército, otro estaba herido y la capitana agonizaba. Miré al techo, cerré los ojos con todas mis fuerzas, junté bien los labios, sequé mis lágrimas y me puse en pie. Le extendí la mano a mi madre que estaba temblando. Fuimos a la planta baja, ahí nos sentamos, le ofrecí un café…

A mi hermana le encantaba contarme historias y a mí escucharlas. Todo eso de princesas en castillos encantados, dragones que escupen fuego, genios que transforman pobres en ricos, hadas con alas brillantes y sirenas seductoras parecía completamente real. Me hipnotizaba con sus relatos, sentía que era la protagonista de las batallas, de los amores, de las victorias, de las desgracias… Aún preservo las hojas, las heredarán mis hijos, los envolveré con los personajes que alimentaron mi ilusión de niña. Les contaré historias, pero no ésta, prefiero que tejan su infancia con hilos de fantasías y que descubran la verdad a medida que crezca, que no se las diga nadie, porque es más dura que las piedras de los antiguos castillos, quema más que el fuego de los dragones, no cree en genios ni en ricos ni en pobres, les corta las alas a las hadas brillantes y ahoga a las sirenas seductoras.