Foto: Iván Hidalgo

Hernán Cortés: Encuentro con un niño de la Aldea de Tijuana

El viaje a la Aldea Infantil SOS de Tijuana, en México, se hace muy largo. El jet lag del vuelo desde Madrid y los kilómetros en coche desde Los Ángeles hicieron que, aunque llegué de madrugada, a la mañana siguiente, desvelado, me levantara muy temprano.

Amanecía y, cansado de dar vueltas, decidí dar un paseo por la Aldea. Casas de dos plantas con un jardín delantero, unidas por sendas de piedra, me acompañaron en mi paseo. La ruta me llevó hasta el campo de fútbol, en la parte de atrás del recinto, desde el que había una soberbia vista de Tijuana, situada a los pies del cerro en el que la Aldea está construida.

Foto: Iván Hidalgo
Foto: Iván Hidalgo
A lo largo de uno de los lados del campo se extendía una valla de alambre muy alta destinada a impedir que los balones se vayan fuera del recinto. Me apoyé en ella para descubrir, con cada minuto de luz, el perezoso despertar de la ciudad. Su tranquilidad a esas horas hacía difícil concebir que en ella se producen continuos y brutales asesinatos todos los días entre bandas rivales por el control del narcotráfico.

Tan absorto estaba con este espectáculo y mis reflexiones, que no oí como un niño se acercaba por detrás y sólo me di cuenta de su presencia cuando me dijo:

- Hola. Tú eres de España, ¿verdad?
- ¿Tanto se me nota?, le respondí sonriendo.
- “¡Nooo!”, se apresuró a contestar. “Es que nos dijeron que hoy iban a llegar unos señores de España y me imaginé que tú eras uno de ellos”.
- Pues sí, le dije. “Me llamo Paco. ¿Y tú?”.

Y, muy educadamente y sin perder la sonrisa, me contestó:

- Hernán Cortés, para servirte.
- Pues para tener más de 500 años, pareces muy joven, bromeé.

Hernán captó inmediatamente la broma y sonriendo aún más, me dijo:

- ¡Noooo!, ése es otro. Yo tengo 12 años. Bueno, ahora tengo que irme a la escuela, que si no llegaré tarde. ¡Adiós!

El chico salió corriendo hacia su casa pero, repentinamente se paró, se dio la vuelta y me dijo:

- A mí me gusta mucho jugar al fútbol… pero por la noche me da miedo.
- Es normal, le dije yo. Seguro que a esas horas no verás la pelota.
- No es por eso, me corrigió. Es que aquí, por la noche, se escucha la balacera…

Y continuó su camino.

La balacera, la balacera…

Aquella palabra, terrible, quedó grabada en mi mente. También lo que comprendí inmediatamente: que los niños de la Aldea Infantil de Tijuana viven con el ruido y la imágenes provocadas por la balacera en su vida cotidiana. De hecho, sus madres y educadores deben emplear mucho esfuerzo para que los niños entiendan que eso no es parte de la normalidad de la vida: que aquello no es su vida. 

Volví a mirar a Tijuana a lo lejos pero, esta vez, fijé mi atención en la valla de alambre que evita que las pelotas salgan fuera. En realidad, esa valla quiere ser un muro impermeable sobre el que, como un balón, la violencia rebote todos los días. Pero también es la frontera entre crecer felices o no. Para mí será la valla de la esperanza. Y para siempre.

Paco López, autor de este artículo, es Responsable de Relaciones Externas para Aldeas Infantiles SOS de España.