El corazón fuerte de Rufino


Rufino
Después de dos meses durmiendo en la habitación de un hospital se confiesa cansado. Dice que su paciencia se ha visto fortalecida desde que llegó a España el pasado mes de mayo, procedente de Guinea Ecuatorial, pero también reconoce que sigue echando muchísimo de menos a su mujer Almudena y a su otro hijo Castro, de ocho meses. 

Quien nos lo cuenta es José, el padre del protagonista de esta historia, Rufino. Un niño de cuatro años que llegó al Hospital Materno Infantil Gregorio Marañón, tras muchos meses de papeleo y burocracia, para ser operado de una cardiopatía congénita muy grave. 
 
Su historia se remonta al año 2013, cuando, en el marco de nuestro Programa de Asistencia Sanitaria Quirúrgica a la Población Infantil de Guinea, un equipo médico del hospital Gregorio Marañón se trasladó al país africano y operó a Rufino de una malformación anorrectal, dejando programado el cierre de la colostomía para el siguiente viaje. 
 

“Lamentablemente, cuando regresamos a Guinea y nos dispusimos a operar, vimos que Rufino presentaba una cardiopatía sin diagnosticar y no pudimos llevar a cabo la intervención”.


Así lo recuerda la doctora Esther Molina, cirujana pediátrica y miembro de estas expediciones médicas desde hace más de trece años. “Así que nos pusimos manos a la obra hasta conseguir el traslado de Rufino a España con el fin de completar el estudio de su enfermedad y realizar las cirugías necesarias”, prosigue. Y lo lograron. No fue fácil, pero lo consiguieron. 
 
El 17 de mayo de 2016, Rufino aterrizaba junto a su padre en el aeropuerto Adolfo Suárez de Madrid. La primera intervención, la de su pequeño corazón, se realizó el lunes 13 de junio, 27 días después de su llegada. Su recuperación fue impresionante. Casi un mes después, el 8 de julio, se realizó la segunda y última operación, el cierre de la colostomía. 
 
Tanto la doctora Molina como su equipo vivieron muy de cerca el caso de Rufino. Quizás por eso celebraron con tanta ilusión su alta médica el 14 de julio. “Salimos a comer todo el equipo. Fue una excelente noticia. Para nosotros es un tema muy sensible”, confiesa la cirujana. 
 
El director nacional de Aldeas Infantiles SOS de Guinea Ecuatorial, Javier Unamuno, asegura que Rufino ha tenido mucha suerte: “Lo normal es que un niño con sus dificultades, en un país como Guinea, fallezca tarde o temprano; además, se trata de una enfermedad que las familias suelen sufrir en silencio y en muchos casos supone un estigma para ellas”.
 
Conocedores de esta realidad, volvemos a observar a José, el padre de Rufino, y comprendemos mejor su historia. Su semblante ha cambiado y la paciencia adquirida tras semanas en el hospital ha dado paso a un intenso deseo por volver a casa y disfrutar de la cálida compañía de los suyos. 
 
“La familia nos está organizando una fiesta de bienvenida. Hay que celebrarlo”, dice José antes de partir rumbo a Guinea. “Estamos felices. Ahora el corazón de mi hijo es fuerte y podrá correr junto a otros niños sin quedarse atrás”. Rufino sonríe a su lado, con ese gesto contagioso que ha camelado a las enfermeras durante su estancia y que ahora, además, está cargado de esperanza.