"El hijo que pude haber tenido"

Desde el terreno: Katerina Ilievska*:

 

“¿Te la llevas?” – me preguntó la madre del bebé que yo sujetaba un lunes por la tarde del pasado verano. “Por favor” - continuó - “¿Qué futuro tiene ella si se queda conmigo? Mírame”.

Mientras la niña agarraba el cuello de mi camiseta, su madre esperaba una respuesta. Tenía que estar bromeando. ¿Lo estaba?

 

 

Para un número incontable de refugiados, han pasado meses desde que dejaron sus hogares. Han sobrevivido a viajes bajo el calor abrasador, lluvias torrenciales y un frío atroz. Han dormido al raso en los Balcanes occidentales. Han soportado el barro y el polvo de una larga travesía. Algunos, como la pequeña sonriente que sostenía en mis brazos, nacieron en este barro.


“Somos de Kobane”, dijo la madre mostrándome en un teléfono móvil una fotografía de la casa de su familia en el norte de Siria, tomada justo antes de marcharse. Era una imagen de escombros y una pared derruida.

Embarazada, esta mujer huyó de Siria con su marido y sus dos hijos pequeños. Consiguieron atravesar Turquía y cruzar el Mar Egeo hasta llegar al campamento de Idomeni, en Grecia, donde vivieron durante tres meses, justo cuando las rutas de los Balcanes se cerraban a principios de marzo de 2016. Allí fue donde nació la niña.

“Otra mujer fue al hospital”, me dijo la madre, explicando que su hija nació en una tienda de campaña.

Su voz es calmada. Me habla de gente amable en Idomeni, personas que le dieron pañales y ropa para el bebé y se ocuparon de su salud. “Yo estaba muy mal, pero tuvimos que irnos. Caminamos a través de Macedonia y vinimos a Serbia. Llevamos 12 días aquí”.

El mundo detrás de la alambrada

En aquel momento, esta familia estaba entre las aproximadamente 2.000 personas que vivían en tiendas de campaña situadas en dos pasos fronterizos con Hungría, en el norte de Serbia. Los niños dormían en el suelo y lo primero que veían cada mañana era una alambrada doble con concertinas. Alrededor de 30 personas al día eran autorizadas para entrar a Hungría. Se daba prioridad a las familias más vulnerables, madres solteras viajando con niños y personas con discapacidades. Las listas de espera eran largas y se actualizaban constantemente. El tiempo de espera era espantoso y por lo general se prolongaba más de lo previsto. 

 “No hay nada. Algunas personas traen comida, pero tenemos que venir aquí (fuera de la zona fronteriza) para obtenerla. No hay baños. Hay muchísimos niños”, me dijo un joven argelino ese mismo lunes.
Acepté su oferta de caminar entre las tiendas de campaña. Era cierto lo que decía. No vi instalaciones sanitarias de ningún tipo. Ni agua. Gente desesperada y semidesnuda y niños sucios por todas partes. “Allí hay dos familias”, señaló a un edificio en ruinas entre árboles. “Pero es mejor estar en las tiendas”. El edificio parecía como si fuera a derrumbarse en cualquier momento.

Alcancé las primeras tiendas de campaña y no me atreví a ir más allá porque carecía del permiso necesario para entrar en la zona fronteriza. “Por favor, sea bienvenida”, me dijo en el mismo tono de voz que cualquiera usaría para recibir a alguien en su casa. Pero no estábamos en la casa de nadie. Estábamos en medio de un desastre humanitario. Nadie se atrevió a llamar así a la situación entre la frontera de Serbia y Hungría en el verano de 2016.

La situación era igual de horrible en Horgos, hacia el paso fronterizo húngaro de Rözske, que en Kelebija, hacia el paso fronterizo de Tompa. Numerosas tiendas de campaña estaban puestas junto a la valla, en campos abiertos donde el calor del verano es inclemente.

En Horgos, un grupo de más de 100 hombres estaban sentados en un campo justo detrás de las tiendas. Habían empezado una huelga de hambre en Belgrado y caminaron durante dos días para llegar hasta aquí. Continuaron su huelga de hambre, solamente bebiendo agua, decididos a presionar a Hungría para que abriese la frontera. Muchos otros se les unieron, en vano.

La madre de los tres niños de Kobane me habló: “25 ó 26 días más, me dijeron”. Me explicó que sus nombres estaban en la lista para cruzar hacia Hungría.

“¿Ves? Ya sabes cuándo seguirás tu camino”, le dije. “Nosotros te ayudaremos en todo lo que podamos. En este lado y en el otro, hay organizaciones que os ayudarán. Te trasladarás y construirás una vida mejor y más segura en algún otro lugar. El bebé te necesitará, igual que necesitará a su padre y a sus hermanos. Y tú la necesitarás a ella también”.

La madre de Kobane no estaba convencida. Su bebé nació en el campamento de Idomeni. Aún no sé si alguien registró su nacimiento. La familia viajó muy lejos. Puede que sobre el papel este bebé no exista. ¿Y si la próxima persona a la que la madre ofrezca el bebé lo acepta?
“Su nombre significa Morning Sun” (“Sol de la Mañana”), dijo la madre.

“Entonces desde luego que la necesitarás”, le dije. “Sin ella, no habría día”.
 

Sonrisas y un abrazo


La madre de Morning Sun sonrió. Cogió al bebé de mis brazos y me dio un abrazo de despedida. Un largo abrazo. Yo lo necesitaba más que ella. Necesitaba saber que esa niña se quedaría con su madre. Se fueron a su tienda en la zona fronteriza; el tío de la niña les escoltaba con las bolsas que preparamos para ella y sus hijos.

Nunca sabré si la madre de Kobane realmente quería darme a su bebé. ¿Cómo se habría sentido si le hubiese dicho que sí? ¿Cómo habría llevado ella que una total desconocida se llevase a su hija pequeña? ¿Cómo de horrible es una situación que obliga a las madres a pensar que una extraña puede ser mejor madre que ellas? 


Solo nos queda alzar la voz en defensa de los niños refugiados, que tienen derecho a crecer con seguridad junto a sus padres. Debemos presionar para que haya soluciones que antepongan el interés superior del niño a todo lo demás. Necesitamos abrir las fronteras.

Morning Sun necesita un futuro a salvo, con su propia madre.

 

*Katerina Ilievska es corresponsal de Aldeas Infantiles SOS en Skopje, Macedonia. Ha cubierto la crisis de refugiados en Europa durante dos años.
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