Cuando tras un desastre se apaga el ruido mediático y la urgencia desaparece de los titulares, comienza la fase más larga y callada de todas: la de recuperación. Una etapa especialmente dura en la que la falta de un hogar, la pérdida de seres queridos, la inestabilidad emocional o la incertidumbre pesan en el proceso de reparación y de tránsito hacia la normalidad.
En este sentido, desde Aldeas pusimos en marcha el proyecto PONS -Programa de fortalecimiento familiar y apoyo a la infancia vulnerable- destinado a familias en situación de riesgo y/o vulnerabilidad con hijos e hijas de entre 0 y 18 años pertenecientes a las pedanías de Valencia u otros municipios afectados por la Dana, que, de manera directa o indirecta, hubiesen visto su vida mermada y precisasen de apoyo, acompañamiento o dotación de bienes.
Porque las mejores soluciones empiezan por la prevención, el principal objetivo de este Programa se centra en mitigar los efectos económicos y emocionales producidos tras la DANA, ofreciendo un apoyo integral a las familias para promover su recuperación, su resiliencia y su bienestar a corto, medio y largo plazo.
En cuanto a los objetivos específicos se enfoca en la protección, la recuperación integral y el fortalecimiento, alineándose con un enfoque integral de derechos de la infancia, apoyo psicosocial y desarrollo comunitario a través de:
- El apoyo psicológico y emocional.
- El fomento para el desarrollo de habilidades emocionales, sociales y cognitivas, y la estabilidad económica de las familias, así como la cohesión social mediante redes comunitarias de apoyo.
- La promoción de la seguridad infantil y la protección en el hogar.
Todo ello se implementa a través de un equipo de trabajo profesional y multidisciplinar, liderado por Julia, directora de nuestros Programas SOS en Valencia, con quien hablamos sobre lo vivido y acerca de la importancia de seguir acompañando a las familias afectadas.
¿Cómo recuerdas aquellos primeros días tras la DANA?
Fue un shock. No comprendíamos nada ni éramos conscientes de la magnitud de la catástrofe y, aun así, estábamos consternados por todo lo ocurrido. Muchos teníamos familiares y amigos en las zonas afectadas y pasar toda la noche sin poder comunicarnos con ellos, y las semanas posteriores sin que pudieran salir de sus casas, fue angustioso.
Fue muy difícil gestionar la dureza de la situación, sobre todo ver los pueblos afectados, estar allí ayudando a nuestra gente y también a personas desconocidas. A pesar de todo, se generó una marea de solidaridad que recordamos con mucha emoción.
Como profesionales, ¿cómo vivisteis ese primer impacto?
Sabíamos que debíamos estar allí, ayudando de alguna manera, pero el nivel de emergencia superaba nuestra capacidad de respuesta inmediata. Necesitamos varios meses para realizar un trabajo de campo exhaustivo: detección de necesidades, análisis de zonas afectadas, búsqueda de personal cualificado… Todo ello para poder ofrecer una intervención adecuada, responsable y sostenible en el tiempo.
¿Cómo afrontasteis el desastre en los primero momentos?
En Aldeas participamos desde el inicio en reuniones de coordinación con la administración pública y otras entidades. Entre uno y dos meses después de la DANA comenzamos el trabajo de campo en las zonas afectadas, valorando dónde y cómo podíamos intervenir, siempre alineados con nuestra misión, visión y valores. De esta forma, nos preparamos para las fases posteriores: la de recuperación y la de estabilización.
Actualmente, nuestro trabajo está focalizado en una intervención directa con familias afectadas, tanto de manera directa como indirecta por la DANA.
¿Cuáles fueron las principales necesidades que detectasteis en las familias afectadas?
Las más urgentes fueron las relacionadas con la habitabilidad: viviendas destruidas, familias obligadas a desplazarse a otros municipios o personas confinadas sin suministros básicos como luz o agua. También detectamos una grave falta de recursos de primera necesidad: higiene, salud y alimentación, debido a la desaparición de comercios, carreteras y accesos.
Y, por supuesto, una enorme necesidad de apoyo emocional. Aunque el estado de shock inicial llevó a muchas personas a reaccionar rápidamente, había mucha tristeza, rabia, incomprensión y dolor. Muchas familias perdieron seres queridos, hogares y proyectos de vida en muy poco tiempo.
¿Cómo afectó la DANA a los niños y niñas más vulnerables?
Las situaciones de vulnerabilidad previa se vieron claramente agravadas. Problemas de vivienda, desplazamientos forzosos, falta de recursos básicos… A ello se sumó la destrucción de colegios, centros de salud, tiendas y espacios comunitarios esenciales para su desarrollo y su bienestar.
¿Qué tipo de apoyo psicológico se ofreció en el 2025?
Realizamos sesiones de acompañamiento psicológico basadas en la escucha activa, el apoyo emocional y el acompañamiento en procesos de duelo o en el momento vital en el que se encontrara cada familia.
Y cuando se detectaba la necesidad de una terapia clínica más especializada, derivábamos a los recursos sanitarios y sociales de la zona.
¿Hay alguna historia o momento que te haya marcado especialmente?
Lo que más huella deja es la magnitud de la situación y el impacto de ver de cerca todo lo ocurrido. Poder estar allí, acompañando personalmente a quienes más lo necesitaban, es algo que no se olvida.
Cada historia, cada mirada y cada gesto de agradecimiento se quedan grabados. Pero, sobre todo, conmueve profundamente la solidaridad y la unión de la población, que, pese al dolor y la incertidumbre, se levantó para apoyarse mutuamente y demostrar que la empatía y la esperanza pueden más que cualquier adversidad.
¿Qué aprendizajes te ha dejado trabajar tan de cerca con estas familias?
Trabajar de manera cercana con estas familias ha representado una experiencia profundamente enriquecedora. He aprendido de ellas la verdadera dimensión de la resiliencia: la capacidad de sobreponerse a las dificultades, de reinventarse ante los desafíos y de mantener viva la esperanza, incluso en los momentos más complejos, con su fortaleza y su sentido de comunidad.
¿Cómo ha sido la colaboración con los servicios sociales y las autoridades locales?
Desde el inicio del trabajo de detección de necesidades buscamos ir de la mano de la administración pública, contactando con los ayuntamientos de los municipios afectados y coordinándonos con las concejalías de educación y servicios sociales.
La colaboración con otras entidades también ha sido constante y fluida, generando un trabajo en red muy potente que facilitó la puesta en marcha de las intervenciones y, sobre todo, el acceso y la atención directa a las familias más afectadas.
¿Qué retos siguen presentes hoy, más de un año después de la DANA?
Siguen siendo muchos. En primer lugar, la reconstrucción de viviendas, infraestructuras y espacios comunitarios, muchos de los cuales aún presentan daños importantes.
En segundo lugar, atender las consecuencias sociales y emocionales que dejó la catástrofe. La recuperación no es solo material, sino que implica acompañar a las personas, fortalecer el tejido comunitario y ofrecer apoyo psicológico continuado.
¿Qué te gustaría que la sociedad comprendiera sobre el acompañamiento a largo plazo en una emergencia como esta?
Que es imprescindible la colaboración entre entidades, así como entre personas. Que la unión hace la fuerza. Y que para acompañar una emergencia a largo plazo es necesario prepararse bien, realizar un estudio de campo previo, contar con equipos cualificados y cohesionados, crear alianzas con la administración pública y, sobre todo, vincularse de verdad con las familias a las que acompañamos.




