Una ecografía. Su primera foto al nacer. Los primeros pasos. El primer día de colegio. Un cumpleaños. Las vacaciones familiares.

Compartir estos momentos en redes sociales se ha convertido en algo cotidiano para muchas familias. Lo que hace unos años quedaba guardado en un álbum familiar hoy puede llegar en segundos a cientos o miles de personas.

La infancia actual es, de hecho, la primera generación cuya vida puede comenzar dejando un rastro digital incluso antes de nacer. Y detrás de un gesto tan habitual como publicar una fotografía de nuestros hijos e hijas existe una cuestión que merece nuestra atención: ¿qué ocurre con su privacidad cuando somos los adultos quienes construimos su identidad digital?

Es aquí donde aparece el concepto de sharenting.

¿Qué es el sharenting?

El término sharenting nace de la unión de dos palabras inglesas: share (compartir) y parenting (crianza). Se utiliza para referirse a la publicación y difusión en internet de fotografías, vídeos e información sobre niños, niñas y adolescentes por parte de sus padres, familiares y otros adultos.

Pero el sharenting no consiste únicamente en subir fotografías de nuestros hijos a Instagram, Facebook o TikTok.

También puede producirse cuando compartimos información acerca de sus hábitos, sus rutinas, su salud, el colegio al que van, sus aficiones, los lugares que frecuentan o determinados momentos de su vida privada.

Y es una práctica muy extendida. Según los datos recogidos en el informe Crecer en el escaparate digital, de Aldeas Infantiles SOS, casi la mitad de los padres y abuelos españoles (47 %) publica fotografías de sus hijos y nietos menores en internet, y el 65,3 % de esa exposición se concentra en la primera infancia.

Además, España es el país europeo donde más sharenting se practica: una de cada cuatro familias españolas lo hace al menos varias veces al año, frente a una media europea de una de cada cinco.

¿Por qué compartimos imágenes de nuestros hijos?

La mayoría de las familias no publica imágenes con intención de perjudicar a sus hijos. Todo lo contrario.

Compartimos porque estamos orgullosos, queremos enseñar un momento feliz a familiares y amigos, conservar recuerdos o sentir más cerca a quienes viven lejos.

Según los datos recogidos por Aldeas Infantiles SOS, el 95 % de los padres y madres españoles de menores de entre 9 y 17 años que publican este tipo de contenidos lo hace para mantenerse en contacto con familiares y amigos. Otro estudio señala que el 48,5 % lo hace para compartir momentos, el 32,1 % para guardar recuerdos y el 12,5 % para sentirse cerca de personas que viven lejos.

Por eso, hablar de sharenting no consiste en culpabilizar a las familias, sino en proporcionarles información.

Porque una fotografía aparentemente inocente puede revelar mucho más de lo que pensamos.

¿Qué riesgos tiene el sharenting?

En el momento en que publicamos una fotografía o un vídeo en internet podemos perder parte del control sobre ese contenido.

Puede descargarse, reenviarse, almacenarse, convertirse en una captura de pantalla o terminar en espacios que nunca habíamos imaginado. Incluso después de eliminar una publicación, pueden permanecer copias fuera de nuestro alcance.

Pero este no es el único riesgo.

1. Construimos su huella digital antes de que puedan decidir

Cada fotografía, comentario, ubicación o información que compartimos contribuye a construir la huella digital de nuestros hijos e hijas.

De esta forma, los adultos podemos estar creando una identidad digital de un niño cuando todavía es demasiado pequeño para comprender qué significa o decidir qué aspectos de su vida quiere hacer públicos.

Una pregunta puede ayudarnos a verlo desde otra perspectiva:

¿Cómo se sentirá dentro de diez o quince años al descubrir que determinados momentos de su infancia llevan años circulando por internet?

La privacidad permite a los niños y adolescentes desarrollar sus pensamientos, emociones e intereses sin sentir que todo tiene que ser mostrado o valorado por los demás. Ese espacio propio desempeña un papel importante en la construcción de su identidad, autonomía y autoestima.

2. Una fotografía puede revelar mucha información

Imaginemos una fotografía aparentemente inofensiva del primer día de colegio.

En ella puede aparecer el uniforme del centro, una calle reconocible o una ubicación. Si además explicamos dónde estamos o repetimos publicaciones similares, podemos estar dando información acerca de las rutinas del menor.

Las fotografías también pueden incorporar metadatos como la fecha, la hora o incluso la ubicación GPS desde la que fueron tomadas si esa información no se elimina.

Por eso, antes de publicar conviene mirar una fotografía no solo por lo que queremos enseñar, sino también por todo aquello que estamos mostrando sin darnos cuenta.

3. Puede afectar a su intimidad y autoestima

Hay momentos que pertenecen a la esfera privada de cualquier persona, también cuando esa persona es un niño.

Una rabieta, una enfermedad, una dificultad escolar, una situación embarazosa o un momento de tristeza no tienen por qué convertirse en contenido.

La exposición continuada también puede influir en la relación que los menores construyen con su propia imagen. Buscar constantemente “la foto perfecta”, repetir fotografías o utilizar filtros puede transmitirles que necesitan alcanzar una determinada imagen para obtener la aprobación de los demás.

El impacto, además, cambia con la edad. Durante la primera infancia se va acumulando un archivo digital sobre el que el niño todavía no puede decidir; entre los siete y once años pueden aparecer incomodidad o rechazo y, durante la adolescencia, la exposición puede sentirse como una intrusión en un momento especialmente importante para la construcción de una identidad propia.

4. Las imágenes pueden terminar en manos equivocadas

Una fotografía publicada con una intención completamente inocente puede descargarse, utilizarse para crear perfiles falsos, convertirse en objeto de ciberbullying o ser manipulada.

La inteligencia artificial añade, además, nuevos riesgos. Actualmente existen herramientas capaces de partir de una fotografía real de un menor completamente vestido y transformarla en una falsa imagen sexualizada.

El informe recoge también un dato especialmente relevante: un estudio sobre material incautado a agresores sexuales concluyó que el 72 % de las imágenes encontradas eran fotografías cotidianas de menores, clasificadas como no sexualizadas.

Proteger la privacidad de niños, niñas y adolescentes es, por tanto, también una cuestión de seguridad.

Sharenting y derechos de la infancia: ¿qué dice la ley?

Los niños y niñas tienen derecho a la intimidad, al honor y a su propia imagen.

En España, estos derechos están reconocidos tanto por la Constitución como por diferentes normas de protección de la infancia y de protección de datos. La Convención sobre los Derechos del Niño protege asimismo a los menores frente a injerencias arbitrarias en su vida privada, una protección que se extiende expresamente al entorno digital.

Además, publicar una fotografía o un vídeo supone un tratamiento de datos personales.

Según la Ley Orgánica de Protección de Datos Personales y Garantía de los Derechos Digitales, la edad mínima para prestar consentimiento para este tratamiento es de 14 años. Por debajo de esa edad corresponde a quienes ostentan la patria potestad, pero sus decisiones deben estar guiadas por el interés superior del menor.

Por tanto, ser sus padres o responsables legales no significa que su intimidad o su imagen nos pertenezcan.

¿Cómo evitar el sharenting? 10 preguntas y consejos antes de publicar

La opción que ofrece mayor protección es no publicar imágenes ni datos de niños, niñas y adolescentes en internet. Si decidimos compartirlos, podemos reducir los riesgos adoptando algunas precauciones.

Antes de pulsar “publicar”, podemos preguntarnos:

  1. ¿Por qué quiero compartir esta fotografía?
  2. ¿Beneficia de alguna manera a mi hijo o hija?
  3. ¿Le he preguntado si quiere que la publique?
  4. ¿Podría avergonzarle ahora o dentro de diez años?
  5. ¿Muestra algún aspecto relacionado con su salud, su cuerpo, sus emociones o su intimidad?
  6. ¿Permite saber dónde vive, estudia o qué lugares frecuenta?
  7. ¿Aparecen otros niños o niñas y tengo autorización para mostrar su imagen?
  8. ¿Podría compartirla sin que el menor resulte identificable?
  9. ¿Qué podría ocurrir si alguien descarga, captura o reenvía esta imagen?
  10. ¿Seguiría publicándola si supiera que no podré controlar dónde termina?

El propio informe propone un sencillo test basado en el interés superior del menor: preguntarnos si la publicación le beneficia, si podría avergonzarle en el futuro, si pertenece a su esfera privada, si querría que siguiese circulando durante su adolescencia y, en definitiva, si estamos respetando su dignidad.

¿Un perfil privado evita los riesgos del sharenting?

No completamente.

Configurar nuestras redes sociales como privadas reduce la exposición inicial, pero no impide que alguien pueda descargar, capturar o reenviar una fotografía.

Lo mismo ocurre con las imágenes de visualización única o los mensajes temporales: pueden fotografiarse utilizando otro dispositivo o conservarse mediante otras herramientas.

Por eso, además de configurar correctamente nuestra privacidad, debemos pensar siempre en qué estamos compartiendo.

Enseñar privacidad también significa dar ejemplo

Los niños aprenden observando lo que hacemos los adultos.

Si desde pequeños ven que fotografiamos y compartimos constantemente su vida sin preguntarles, podemos estar transmitiéndoles que la intimidad propia —y también la de los demás— tiene poco valor.

Pedir permiso, aceptar un “no”, no compartir fotografías de otras personas sin autorización y reservar determinados momentos para la intimidad familiar son formas de enseñarles a relacionarse de manera responsable con el mundo digital.

La educación digital empieza también en casa.

Proteger los derechos de la infancia también en internet

El sharenting no es una responsabilidad exclusiva de las familias.

Centros educativos, clubes deportivos, instituciones, medios de comunicación, plataformas digitales y la propia sociedad desempeñan también un papel en la protección de la imagen y la privacidad de niños, niñas y adolescentes.

Aldeas Infantiles SOS trabaja para que los derechos de la infancia estén protegidos también en los entornos digitales. La organización participa en el grupo de trabajo sobre sharenting impulsado por el Ministerio de Juventud e Infancia y ha realizado aportaciones al Proyecto de Ley Orgánica para la protección de las personas menores de edad en los entornos digitales y a la Estrategia Nacional de Entornos Digitales Seguros para la Infancia y la Juventud.

El objetivo no es culpabilizar a las familias por compartir un momento de felicidad, sino ayudarlas a conocer los riesgos para poder tomar decisiones informadas.

Porque hemos aprendido a compartir prácticamente todos los momentos de nuestra vida. Ahora también necesitamos aprender que no todo tiene que ser compartido.

La infancia merece crecer, también en internet, con su intimidad, su dignidad y sus derechos protegidos.

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