El día que un niño migrante vuelve a sentirse en casa
Los niños migrantes suelen enfrentar una vulnerabilidad mucho mayor, agravada por factores como la violencia en el lugar de origen y la posible irregularidad de su proceso migratorio

Llegar, según la RAE, alcanzar el fin o término de un desplazamiento. En el contexto migratorio, llegar significa cruzar una línea geográfica, pisar suelo nuevo… Sin embargo, para las millones de personas -especialmente niños y niñas- que se desplazan cada año por causas de persecuciones, conflictos, violaciones a los derechos humanos, llegar es solo el principio de la travesía real. La verdadera meta no es física, sino emocional: volver a sentirse en casa.
Este 18 de diciembre, Día Internacional del Migrante, no solo honramos la valentía de millones de personas que buscan una vida mejor, sino que ponemos el foco en algunos de los más vulnerables de este viaje, la infancia. Un niño migrante no solo necesita un techo, necesita reconstruir su identidad, forjar un nuevo sentido de pertenencia y sanar las heridas invisibles del desarraigo.
Estar y pertenecer
Entre los procesos administrativos y la llegada a una nueva escuela, los niños y niñas migrantes viven algo mucho más profundo, reinterpretar quiénes son en un lugar donde todo o casi todo les resulta desconocido.
Comprenden la llegada a ese nuevo país con un paisaje, idioma o aula nueva. Pero sentirse parte de él requiere algo más: conseguir la seguridad que han perdido, sentirse escuchados y construir lazos de amistad nuevos. Y es que ese tránsito emocional entre el ‘estar’ y ‘pertenecer’ es uno de los desafíos más grandes. Para volver a sentirse en casa necesitan tiempo, estabilidad y vínculos. Este proceso incluye:
- Reconocer sus emociones sin invalidarlas.
- Acompañar el duelo migratorio con empatía y paciencia.
- Crear rutinas estables que les den seguridad.
- Fomentar la participación en actividades escolares y comunitarias.
- Validar su cultura y su historia personal.
- Promover entornos libres de discriminación y de violencia.
Obstáculos invisibles
Aunque cada experiencia migratoria es única, hay obstáculos comunes que condicionan el bienestar y la integración de la infancia migrante:
- Idioma. No entender el idioma es una de las primeras barreras que encuentran. Puede generar frustración y aislamiento al no poder explicar lo que siente en clase, pedir ayuda o participar.
- Soledad y duelo migratorio. Migrar también implica despedirse. Decir adiós a la casa, el barrio, la escuela, amigos y familiares que te han visto crecer. Esto provoca un ‘duelo migratorio’, un proceso natural, pero doloroso en el que se convive con tristeza, nostalgia, miedo y, en ocasiones, culpa. Para muchos niños y niñas, esta sensación de pérdida se mezcla con la dificultad de encontrar amistades en su nuevo entorno. La soledad, por tanto, puede ralentizar su integración.
- Desarraigo. ¿Quién soy en este nuevo lugar? La identidad de un niño está profundamente ligada a su entorno. Cuando ese entorno cambia de forma abrupta, igualmente puede cambiar la forma en la que se perciben a sí mismos. Además, si han sufrido discriminación, racismo o situaciones violentas, algo que afecta a muchos de los menores migrantes, esa construcción identitaria se hace aún más frágil.
- Violencia durante el trayecto. Muchos niños y niñas llegan después de haber vivido situaciones traumáticas: exposición a violencia, explotación o abuso, trata, separación familiar, entre otras. Los menores no acompañados o separados de sus familias constituyen uno de los grupos más vulnerables.
La Convención sobre los Derechos del Niño recuerda que todos los niños y niñas tienen los mismos derechos, independientemente de su origen. Pero en la práctica, los menores migrantes, acompañados o no, suelen enfrentar una vulnerabilidad mucho mayor que se ve agravada por múltiples factores, como las razones que motivaron su partida, la violencia en el lugar de origen o en el trayecto, su nivel de resiliencia y la posible irregularidad de su proceso migratorio.
El futuro de la infancia migrante
En Aldeas Infantiles SOS trabajamos cada día para que ningún niño crezca solo y la protección de la infancia migrante forma parte fundamental de este compromiso. Nuestro enfoque se basa en la protección, el acompañamiento emocional y la inclusión real, garantizando siempre el interés superior del niño, tal como recoge la Convención sobre los Derechos del Niño:
- Proporcionamos entornos familiares seguros. Cuando un menor migrante está solo o separado de su familia, nuestra prioridad es ofrecerle un espacio seguro, lo que implica garantizar su bienestar físico y emocional, cubrir sus necesidades básicas y asegurar que se respeten sus derechos.
- Contamos con profesionales formados para trabajar el duelo migratorio, el trauma y el desarraigo. Apoyamos a cada niño y niñas para que pueda expresar sus emociones, recuperar su autoestima y reconstruir su identidad.
- Impulsamos su integración educativa y social con escuelas, comunidades y familias para fomentar una integración basada en la empatía, la diversidad y el respeto. Además, facilitamos herramientas para la adquisición del idioma, promovemos la convivencia y sensibilizamos sobre la discriminación y la xenofobia.
- Ayudamos a que cada niño migrante tenga voz, participe en su comunidad y se sienta reconocido. Potenciamos talentos, acompañamos en actividades deportivas, artísticas y educativas y fomentamos espacios donde puedan relacionarse con sus iguales.
- Protegemos sus derechos, asegurando que tengan acceso a salud, educación, protección y apoyo psicosocial. Nos coordinamos con instituciones, entidades y familias para evitar su desprotección, especialmente en situaciones de mayor riesgo.